Volver: Historia y vida del Club Atlético San Lorenzo de Almagro Vol.1

 

Santa María de los Buenos Aires es, sin duda, una ciudad de símbolos y leyendas. En cada una de sus calles y plazas es algo más que frecuente encontrarse con la imagen, pintura o grafiti de  cualquiera de esos «mitos mal curados», que diría Joaquín Sabina en su canción «Dieguitos y Mafaldas», junto al extraordinario aspecto que les ha llevado a lo más profundo del alma colectiva. El Diego y la pelota, Evita y su discurso, las Madres de Mayo y su lucha. También entre la música -o mejor dicho, las músicas- de la ciudad destaca un baile originario de los burdeles, ensalzado como nadie por un francés que primero  cruzaría el charco para llegar a Uruguay y después el río más ancho del mundo para componer la banda sonora de la ciudad del tango. Y no solo de Buenos Aires, también uno de sus más repetidos temas encajaría como anillo al dedo en cierta película de Pedro Almodóvar. Tan perfectamente como encajaría de fondo mientras lees la historia narrada en las siguientes líneas y que trata precisamente de eso, de volver.

Constantes son en nuestros días las analogías entre religión y fútbol. Todo hincha, por desahuciado que esté su equipo o telarañas haya en sus vitrinas, afirmará haber visto a Dios jugando con la zamarra de sus amores en el templo sagrado donde cada quince días profesa su auténtica fe. Pero si en algún lugar del mundo este símil está realmente dotado de sentido es precisamente en la Avenida La Plata de la capital argentina. Y no solo porque el equipo del barrio lleve el nombre de un santo, ni porque su hincha más popular -con permiso de Viggo Mortensen sea el mismísimo pontífice de Roma. Si no por la fiereza y determinación con la que sus fieles llevan más de cuatro décadas por regresar a Tierra Santa. Por volver a Boedo.

 

 

Ya desde sus más tiernos inicios, el equipo parecía estar dotado de algún tipo de bendición. Y es que sus pioneros adolescentes acostumbraban a correr detrás de la bocha en la esquina de las  calles México y 33 Orientales, en el barrio de Almagro, compartiendo terreno de juego con viandantes e incluso tranvías. Como era de prever, en un lance del juego uno de sus componentes evitó milagrosamente ser arrollado por un convoy, algo que sobrecogió especialmente a uno de los ciudadanos que por allí paseaban, el párroco de la zona. Asustado, el padre Lorenzo Massa ofreció a los chavales un sitio más tranquilo y exento de tales riesgos para disfrutar del balompié, el patio trasero del Oratorio de San Antonio, su iglesia. Pero el pacto no sería gratis, a cambio debían acudir todos los domingos a misa de 12 y cambiar el nombre de su equipo, ya que ¨Los Forzosos de Almagro¨ no causaba en el clérigo ninguna felicidad.

En consecuencia, mientras recibían su sermón dominical, los jóvenes futbolistas eligieron, pensando en su adoptante, un nuevo término con el que identificarse. El Padre Lorenzo, humilde  y consecuente, prefirió que la referencia no fuera hacia su persona, sino hacia el combate en el cual las tropas rioplatenses derrotaron a los españoles en Santa Fe. Sea como fuere, las 6 palabras elegidas por los infantes no dejarían de resonar en aquellas calles desde entonces hasta nuestros días: Club Atlético San Lorenzo de Almagro.

 

CA San Lorenzo de Almagro, temporada 1908: Abelardo Vázquez, Amilcar Assali, Alberto Coll, Nicolás Romeo, Luis Manara, Juan Monti, José Gorena, Federico Monti, Pablo Silva, José Colazzurdo, Manuel Maidana, Francisco Xarau, Maidana, Luis Gianella, Cayetano Urio; sacerdote: Lorenzo Massa.

A medida que los años fueron pasando, las zamarras azules y granas no fueron lo único que se les fue quedando pequeño a los pioneros futbolistas almagreños, generalmente muchachos humildes de padres canasteros o carboneros. El crecimiento del club hizo que el predio parroquial usado hasta entonces para el desempeño de sus juegos se quedase inevitablemente pequeño. Nuevamente su mentor se pondría manos a la obra para encontrar un nuevo lugar cercano en el que el fútbol pudiera ser disfrutado de forma tranquila y adecuada, alcanzando un  acuerdo para el alquiler de unos terrenos situados en Avenida La Plata hasta entonces pertenecientes a la familia Oneto y al Colegio María Auxiliadora, inaugurados en su función como recinto deportivo el 7 de mayo de 1916 con una victoria de sus nuevos inquilinos por 2 a 1 frente a Estudiantes de la Plata. Y así nació la leyenda.

Mientras los tablones de madera se fueron instalando en el terreno para acomodar a sus aficionados, dándole su peculiar forma similar a la de los depósitos de gas licuado de la época que llevarían a bautizar popularmente al estadio como “El Gasómetro”, también se incrustaron en el lugar los corazones de cientos de hinchas llegados tanto de Almagro como de Boedo, barrio  al que pertenecía la nueva cancha del club. Allí, además de encontrar un lugar de pertenencia en el que compartir sus emociones y pasión por el fútbol, los azulgranas comenzarían a grabar  el nombre de su club con letras doradas en la historia del deporte argento y mundial gracias,  principalmente, a dos motivos que reforzaron como nadie su identidad.

El primero, indudablemente, fue la sucesión de equipos legendarios que harían de San Lorenzo de Almagro un nombre a respetar por los rivales y llenarían las vitrinas del club de copas y trofeos, como los tres primeros campeonatos de la época amateur alcanzados entre 1923 y 1927. Además estos conjuntos servirían muchas veces para que los medios y la imaginación popular le dieran al club diversos sobrenombres, como el de “Ciclón de Boedo”, surgido en los años 30 dada la costumbre del equipo azulgrana de ganar por goleada y aún utilizado hoy en día, “Los Gauchos”, por la cantidad de jugadores llegados del interior del país que comenzaron a integrar la plantilla a partir de 1932 o “Los Matadores”, equipo que 1968 se consagró campeón  sin perder un solo partido. Otros de sus motes más conocidos tienen su motivación no en el  desempeño deportivo del club sino en su propia idiosincrasia, como “Los Santos” o “Los Cuervos”, este último en referencia al color negro que el pelaje de dichos animales comparte con las túnicas de los sacerdotes.

 

 

Aunque si hay un apodo que me gustaría destacar entre todos con los que llegó a conocerse a los boedenses es el que se originó como consecuencia de algunos de los primeros aficionados y jugadores internacionales de la historia del club. Y es que a finales de los años 30 fueron muchos los habitantes españoles que, dado el enfrentamiento civil sufrido por su país, se vieron obligados a cruzar el Océano Atlántico buscando la vida digna que el fascismo les negaba en su  patria natal. Entre ellos, una selección completa de jugadores vascos fue enviada a Latinoamérica por el presidente euskaldun Aguirre para que disputasen encuentros mientras duraba el conflicto en la península ibérica, llegando a proclamarse subcampeones en la liga mexicana de 1938. El pichichi de aquel torneo sería Isidro Lángara, también máximo goleador de la liga española en las temporadas 1934, 1935 y 1936, quien junto a su compañero Ángel Zubieta terminaría recalando en San Lorenzo en 1939, una vez que la victoria en la contienda del bando nacional determinaría que no había sitio en España para españoles como ellos.

Dada su presencia en la plantilla, San Lorenzo comenzaría a volverse más y más popular entre los  exiliados ibéricos residentes en la capital bonaerense, especialmente entre aquellos que solían reunirse en la orilla sur de la Avenida de Mayo (los republicanos), lo que llevó al club a ser conocido con el sobrenombre de “el equipo de los españoles”, incluyendo una gira por tierras hispanas para la disputa de diversos amistosos y, principalmente, publicitar las buenas relaciones existentes entre los regímenes peronista y franquista. Un stage gracias al cual Ángel Zubieta, aún a día de hoy cuarto jugador con más partidos en la historia del club, pudo abrazar a su madre años después de su exilio.

 

 


Alfonso Rodríguez García