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Temporada 96-97, nace “La Liga de las Estrellas”

 

El verano del 96 no fue un verano más. Durante el verano en el que hice 10 años pasaron demasiadas cosas importantes como para que me importaran todas. Con pocas semanas de diferencia, se habían disputado los JJOO de Atlanta y la Eurocopa de fútbol de Inglaterra. Como decía Churchill sobre los Balcanes: “La región de los Balcanes tiene la tendencia de producir más historia de la que puede consumir”. Algo así me pasaba a mí, sin darme cuenta, con el mundo futbolero que me rodeaba. Con 10 años el fútbol lo inunda todo: las horas de digestión después de comer hasta que te dejan ir a jugar de nuevo, las botas Joma blancas que ya tenías previstas para la próxima Navidad o la eterna espera hasta la salida del siguiente PC Fútbol, son suerte, en otoño.

 

 

1996 supuso para España el final del Felipismo, la llegada de Aznar al poder, la clonación de la oveja Dolly, la emergencia del Caiga quien Caiga como fenómeno televisivo o la primera vez que la máquina venció al hombre (Deep Blue a Kasparov). Todavía no lo sabíamos, pero era un año que marcaría profundamente a los siguientes. Pero, por encima de todo, aquel verano el Barça fichó a Ronaldo, seguramente el primer gran ídolo contemporáneo y global del mundo del fútbol. Y del marketing en el fútbol. El gran ídolo anterior, Maradona, no tenía el calor de la televisión parabólica o de la embrionaria internet.

 

 

El país vivía una bonanza económica que, aunque después demostrase ser un gigante con los pies de barro, lo impregnaba todo de posibilismo. Y el fútbol no fue ninguna excepción. Entre la Ley Bosman, por la que muchos extranjeros dejarían de serlo, y el dineral de los nuevos contratos televisivos, los presidentes de los clubes españoles, en la mayoría procedentes, por supuesto, del ladrillo, dilapidaron el dinero, solo como los nuevos-ricos saben despilfarrarlo, para traer a nuestra Liga a buena parte de los mejores jugadores del mundo.

 

 

No solamente el Barça fichó a Ronaldo; el Madrid trajo a Capello de entrenador, Suker, Roberto Carlos, Mijatovic o Seedorf de una sola tacada. El Dépor, a Rivaldo. El Valencia -y la noche valenciana-, repatriaron a Romario. El Sevilla hizo lo propio con Bebeto. El Atlético de Madrid, que venía de ganar el doblete, al subcampeón de Europa, Bejbl. Incluso el Betis le arrebató a Finidi a los grandes clubes europeos.

 

 

Los mismos expertos que 20 años más tarde nos afearon haber vivido por encima de nuestras posibilidades, consideraban entonces que ser pobre era poco menos que una elección consecuencia de tener un carácter poco emprendedor o entusiasta.

Era la Liga de los 22 equipos, aquel pegote que se decretó para evitar los descensos administrativos del Celta y del Sevilla. Cabían todos, claro. Y no solamente las estrellas foráneas, también vivimos la generación JASP (Jóvenes Aunque Sobradamente Preparados), un lema inspirado en el famoso anuncio del Renault Clio de la época. Raúl o De la Peña eran sus mayores y mejores exponentes. Los fichajes extranjeros eran la leche, sí, pero aquí también teníamos cosecha propia de la que poder presumir. Como cuando en las fiestas del pueblo ponen ‘Paquito el chocolatero’ después de la canción extranjera de moda, no vaya a ser que nos pasáramos de modernos.

 

 

No se produjo el sorpasso italiano fruto de un plan quinquenal bien meditado. Fue todo más abrupto. De la noche al día, dejamos de buscar a las estrellas del Calcio en Canal + para disfrutarlas cada quince días en nuestro estadio. España era un país que crecía pero que necesitaba el convencimiento propio y demostrárselo al mundo. Y siempre fue el fútbol un gran canal de difusión. Del ingreso de España en la CEE hasta presentar a Ronaldo con honores en el Camp Nou habían pasado 10 años. Los mismos que tenía yo el verano en el que todavía no era consciente de que 10 años no eran nada.

 


Carlos Caso Sarmentero
@KarlosRCDE