domingo, diciembre 4, 2022

Romário, la historia del origen de «O baixinho”

 

Romário mucho antes de convertirse en campeón del mundo con Brasil, tuvo que lidiar con el asma, la pobreza y los problemas de confianza que generaba su baja estatura entre sus primeros entrenadores. Una historia de origen, para muchos desconocida, que forjó el carácter de un «futbolista de dibujos animados» que todos disfrutamos y seguimos disfrutando.

Con 55 goles en 70 apariciones, aún a día de hoy es el cuarto máximo goleador de la selección de Brasil, detrás de Pelé, Neymar y Ronaldo. Su promedio de goles con la selección es superior a los goles de Neymar (segundo) y Ronaldo (tercero). Es el jugador que más goles marcó en una temporada con la camiseta de su selección, llegando a marcar 20 goles en 1997. Es el segundo máximo goleador de la selección brasileña en las eliminatorias mundialistas, ocupando el primer lugar hasta septiembre de 2021 cuando fue superado por Neymar. Es tercero en la lista de todos los tiempos de los máximos goleadores de la liga brasileña con 155 goles.

 

 

El nacimiento de una estrella

Tijuca, 29 de enero de 1966. El joven matrimonio formado por Edevair de Souza Faria y Manuela “Lita” Ladislau Faria recibe la llegada de su hijo primogénito. Río de Janeiro no es consciente que acaba de nacer un futbolista que pasaría a la historia. El padre trabajaba en una fábrica de pinturas y la madre le ayudaba en todo lo que podía. Todo esfuerzo era poco para salir de Jacarezinho, un conjunto de favelas donde el cartón, las maderas, la hojalata y, en el mejor de los casos, la uralita, sustituían torpemente a más nobles materiales de construcción. No era lugar para unos padres jóvenes criando a su recién nacido.

 

 

Por aquel entonces, sus dudas no solo se centraban en su hogar, sino también en el nombre que le debían poner al pequeño. Ede y Lita, como cientos de brasileños, eran apasionados de la tele, y “Don Romário, el hombre del diccionario”, era el programa de moda en aquellos momentos. El guion era fácil: un erudito, previa consulta del diccionario, iba descifrando el significado de palabras poco conocidas para el pueblo. Aquello maravilló a los brasileños… e inspiró a los padres de Romário.

 

 

Su primer gran rival, el asma

“O baixinho” creció con graves problemas respiratorios. No jugaba con otros niños y, si lo hacía, enseguida volvía a casa, cansado… Por la noche dormía intranquilo, y más con la llegada de Ronaldo, su hermano, dos años más joven que él (más adelante llegaría su hermana). Pero todo problema a veces encuentra solución de la forma más inesperada…

En 1970, Ede consiguió un cargo de más responsabilidad dentro de la misma empresa, y la familia De Souza Faria se mudaría a una nueva casa en un barrio algo más seguro. “Cuando hablo de mi familia me emociono. Mi padre pintaba, hacía de todo para poder vivir. Mi madre lavaba ropa. Trabajaron mucho para dejarme hacer lo que me gusta. Mi hermano lo sacrificó todo para que yo jugara. También él jugaba. Dijeron que era mejor que yo, pero no era verdad”, recuerda Romário. En Vila da Penha, el asma de Romário, que por aquel entonces tenía 3 años, desapareció de la noche a la mañana, posiblemente a causa de un clima más benigno y unas condiciones higiénicas mejores. Además, muy cerca de su casa vivían sus tíos, Dé y Delza, grandes amantes del futebol.

 

 

Escola Futebol Vila da Penha, su primer club formativo

En aquella época el talento innato para el fútbol de Romário era cultivado no solamente por su padre, sino también por sus tíos, que no perdían ocasión para llevarle a los entrenamientos que se realizaban en el modesto Campo do Alianza de Praça Soldado José dos Anjos. Los niños llegaban atildados con su camiseta limpia y sus botas relucientes. Muchos de ellos, acompañados de sus padres o arrastrando a su hermano pequeño, como en el caso de Romário y Ronaldo. Todos buscaban alinearse en el equipo con más posibilidades. La gente estaba ansiosa, con el aplauso siempre dispuesto para premiar a aquellos chiquillos entre 7 y 13 años que se esforzaban en imitar a las grandes figuras. No eran simples “pachanguitas” de patio de colegio. El director de la Escola Futebol Vila da Penha, dirigía con la misma ilusión y entrega que lo haría el responsable de una escuela de samba. Todos estaban maravillados por un chiquillo de siete años, el más bajito de todos, con el dorsal número 7 a la espalda, que trataba de burlar a sus contrincantes, mucho más altos y corpulentos. Con una habilidad sorprendente, regateaba y se plantaba ante el portero. Su sueño era convertirse en jugador del America do Rio, y su nombre nadie lo olvidaría.

 

 

Estrelinha, creando el futuro

Edevair tenía claro que haría lo imposible para ayudar a sus dos hijos a cumplir su sueño de llegar al fútbol profesional, fue así como cogió la dirección de la Escola Futebol Vila da Penha, la profesionalizó dentro de sus posibilidades, y la transformó en el Estrelinha. Club que seguiría jugando sus partidos en el Campo do Alianza. “Yo había llegado hasta la Liga de Segunda División, pero no era profesional. Eso quedaba reservado para los que jugaban en Primera División. En Brasil hay tantos jugadores, que si no llegas a lo más alto no eres nada… Bueno, sí, jugador de un equipo y para mí, eso ya era suficiente…”. Está claro que a Ede le hubiera gustado más lucir la elástica de alguno de los grandes clubs y llegar a codearse con las máximas figuras del balompié.

El Estrelinha tenía una plantilla de 30 jugadores, y todos querían jugar. Nunca había ninguna baja, y Romário era el líder. Pese a su carácter reservado y tímido ante los extraños, siempre se erigía en el jefe sobre el campo. Posiblemente, porque su labor era más lucida. “Yo me limitaba a robar balones desde el centro del campo y él, a rematarlos, marcando los goles. Era la estrella”, recuerda su hermano Ronaldo.

 

 

Los cazatalentos futbolísticos de Río no tardaron en llamar a la puerta de la familia. El primero en intentar su fichaje fue Wilson, el entrenador del equipo júnior del Vasco da Gama. Era el año 1979 y “O baixinho” tenía 13 años. La visita se produjo durante el transcurso de un partido entre el Estrelinha y el Bonitinhos, un equipo juvenil dependiente de uno de los clubs profesionales de Río. Wilson quedó impresionado de la habilidad, la técnica y la rapidez del hijo de Ede. Pese al preacuerdo, a los técnicos del Vasco de Gama el chico les pareció poco formado, demasiado joven y especialmente bajo. “¿Qué haremos con él? ¿Ponerlo en los infantiles?” A Wilson no le gustó la ironía, él confiaba en Romário y discrepaba de aquellos técnicos de despacho que solamente le habían visto tocar la pelota en los entrenamientos. Así que decidió abandonar el Vasco da Gama, y se fue al Olaria Atlético Clube con Romário, que abandonaría el Estrelinha en 1980 con 14 años. El modesto club brasileño les abrió las puertas y los trato como parte de su familia. Tuvieron todo tipo de atenciones a su alcance para poder desarrollar su talento con tranquilidad. Era el inicio de una gran “amistad”, que tendría desgraciadamente un final muy infeliz.

 

 

Olaria Atlético Clube, del amor al odio

Romário llegó al cadete del Olaria Atlético Clube la temporada 1980-1981, donde coincidiría con otros futuros futbolistas profesionales como Gonçalves y Aílton. Allí maduró, aprendió a pelearse con las defensas y a sacrificarse constantemente. Una formación que, a la larga, le serviría para convertirse en un futbolista deseado por medio mundo. Su esfuerzo y dedicación tuvieron premio al final de temporada con la llamada del Vasco de Gama. Entonces, sus técnicos sí se dieron cuenta de su valor.

 

 

Romário, en su primera y única temporada en el Olaria, fue el máximo goleador de todas las categorías cadetes de Brasil y forjó una gran amistad con el técnico Paulo Ferreira. “Es bajito y delgado. Le costará más llegar que a los chicos de su edad. Le exigirán lo mismo, con unas condiciones inferiores. Afortunadamente, cuenta con una inteligencia como jugador superior a la de cualquier otro…”. Ferreira apoyó en todo momento a Romário, y este supo agradecerlo hasta tal punto que, aún hoy, es uno de sus mejores amigos en el fútbol brasileño. Además, le ayudó a superar sus crisis psicológicas como jugador. “Tuvo un par de malos momentos. Quiso dejarlo por unas decepciones, pero le hice ver que en el fútbol estaba su futuro. Tanto en Brasil como fuera del país. Le convencí de que cosas similares también pasaban en otras actividades de la vida y en las que encontraría menos satisfacciones. Por ejemplo, el fútbol le podía brindar una serie de comodidades difíciles de alcanzar en otras profesiones. Me hizo caso y siempre que dialogamos me lo agradece”.

 

Aquella historia, que parecía tener un final feliz, acabó con el delantero aceptando la primera la oferta del Vasco sin consultar al Olaria, y este último no dio el visto bueno al traspaso. Por desgracia para el joven, todo acabaría mal a causa de una especie de derecho de formación. El Olaria le impediría así jugar durante un año como venganza por la “traición”.

 

 

La historia la recuerda el propio Paulo Ferreira: “Romário no era un desconocido para el Vasco. Sabían de su existencia. Simplemente, esperaban que se formase más y la temporada con el Olaria le fue muy bien. Se concertó un partido amistoso entre ambos clubes, a final de temporada. Ganó Vasco por 4 goles a 3… con tres goles de Romário. Aquella fue la prueba definitiva y Augusto, técnico del Vasco da Gama, le ofreció la ficha al jugador, que dio el sí. Pero ninguna de las dos partes consultó con el club contrario. Romário, quería irse, pero su antiguo club dijo no”. Todo hizo indicar que existió una guerra de intereses. El modesto Olaria Atlético Clube posiblemente quería sacar gran tajada de la operación y el Vasco de Gama ahorrarse dinero. Las consecuencias las pagó el jugador, que fue sancionado por la federación brasileña con un año de inhabilitación (reducida a 8 meses) sin poder jugar en competiciones oficiales.

Pese a no poder jugar partidos oficiales, hasta la parte final de la temporada, Romário se incorporó al juvenil del Club de Regatas Vasco da Gama para la temporada 1981-1982. Aquella situación atípica no gustó a nadie y menos al jugador, que incluso pensó en tirar la toalla. Los partidos de vóley en las playas eran su única válvula de escape durante ese duro periodo. No podía entender cómo los que le habían tratado como a un hijo, ahora le impedían mejorar en su incipiente carrera deportiva. Tan solo acababa de empezar su historia.