Origen y evolución del profesionalismo del fútbol japonés hasta 1987

 

En 1868, después de siglos de aislacionismo, el Imperio Japonés abre sus fronteras al mundo exterior. Pocos años después, en 1873, llega al archipiélago nipón un inglés, el teniente Daniel, en calidad de profesor en la recién estrenada Academia Naval. Daniel se encargó de enseñar a sus alumnos los fundamentos de un deporte que cobraba auge en Gran Bretaña: el fútbol. Los japoneses asumieron rápidamente las enseñanzas inglesas y el fútbol se convirtió en parte de la educación escolar. De esta forma se celebraría, en 1907, el primer partido entre equipos totalmente japoneses.

Poco a poco, los torneos entre escuelas e institutos se van multiplicando y el 10 de septiembre de 1921 se funda la Asociación Japonesa de Fútbol (Nippon Shukyu Kyokai). Ese mismo año, se pone en marcha la primera competición a nivel nacional, la Copa del Emperador, que aún se disputa a día de hoy. Después de esta fase de formación y de expansión a nivel interior, la Federación Japonesa se decide para dar el salto y, en 1936, la selección nacional nipona debuta en los Juegos Olímpicos de Berlín. Por supuesto, la sorpresa es mayúscula cuando saltan al terreno de juego los componentes del equipo nipón. En una Alemania presidida por el nazismo, la victoria de Japón ante Suecia (3-2), una de las selecciones favoritas para el triunfo final, cae como una verdadera bomba.

 

 

Los problemas de la guerra

Todo parecía ir sobre ruedas cuando, en 1939, llegó la guerra. Japón se alineó en el bando de los perdedores y la FIFA decidió su exclusión temporal del organismo y prohibió cualquier contacto entre sus federaciones afiliadas y la Japonesa. Este ostracismo duró desde 1946 hasta 1950 y para el Japón futbolístico supuso un golpe del que tardaría en reponerse. ¿La explicación? Con la excepción de Hiroshima, donde se establecieron tropas inglesas, los soldados norteamericanos ocuparon el país y extendieron la práctica, del deporte nacional USA: el béisbol, que se hizo mayoritario. De esta forma, el fútbol japonés dio un paso atrás.

 

Tuvieron que esperar a mediados de la década de los sesenta para recuperar el terreno perdido. La meta eran los Juegos Olímpicos de Tokio, en 1964. Para mejorar su nivel, la Federación contrató los servicios de Dettmar Cramer, un técnico alemán, que, entre otros equipos, ha dirigido al Bayern Munich. Con sus enseñanzas, Cramer hizo que Japón obtuviese una digna clasificación y, lo más importante, que se normalizase la práctica del fútbol en aquel país. De esta forma, en 1965, se organiza la nueva Liga con ocho equipos, todos patrocinados o propiedad de poderosas empresas industriales: Yamaha, Mazda (ganador de las cinco primeras ediciones), Hitachi, Mitsubishi, Furukawa, Na-go_ya-Sogo-Bank, Yanmar Diesel y Toyota.

 

 

El hito del 68

La progresión del fútbol japonés se hacía evidente y los resultados llegaron en los Juegos Olímpicos de 1968, en México. Japón logró la medalla de bronce, superando a los anfitriones por 2-0, y Kunishige Kamamoto se proclamó máximo goleador del torneo olímpico con siete tantos. Los japoneses volvieron a tomar interés por el fútbol. Las retransmisiones televisivas servían de reclamo y el recuerdo de la buena actuación en México permitió, en 1972, ampliar el cupo de equipos participantes en la Liga y crear la Segunda División. Hasta contaban con sus ídolos: el citado Kamamoto, del Yanmar Diesel de Osaka, rebasó la barrera de los cien goles en Liga en 1974.

 

 

Pero el fútbol era un deporte completamente aficionado y no podía importar jugadores extranjeros de calidad que «enganchasen» a los aficionados. La gran revolución tuvo que esperar al regreso de un hijo pródigo: Okudera. Yasuhiko Okudera salió de Japón en 1977 para fichar por el poderoso Colonia de Hennes Weisweler. Fue campeón de Liga, y Copa, pasó por el Hertha Berlín y terminó en el Werder Bremen. En 1986 regresó a Japón. Naturalmente, para Okudera el «amauterismo» había pasado a la historia y su nuevo equipo, el Furukawa, le hizo un contrato profesional. Otro jugador del Nissan, Kazushi Kimura, le siguió «ipso facto» y se convirtió en el primer jugador con una carrera totalmente japonesa en convertirse en profesional. Este importante paso permitió a los clubs, dependientes de empresas, contratar estrellas foráneas que, además, sirviesen de reclamo publicitario para las empresas a las que estos clubs pertenecían. Por ejemplo, el propio Nissan no perdió el tiempo y se hizo con los servicios de Oscar, el central brasileño titular con su selección en el Mundial de España.

 

La nueva frontera

Este cambio del «amateurismo» al profesionalismo parece definitivo, por lo menos en el ámbito de clubs. El Furukawa, patrocinado por una empresa eléctrica, se convirtió en el primer equipo japonés en ganar la Copa de Asia de Campeones de Club y en la edición de 1987, el Yomiuri, ganador de la Copa del Emperador de la temporada 86-87, disputó la final al Al-Hilal saudí. Además, desde la edición de la Copa Intercontinental de 1980, disputada en febrero de 1981, la cita entre los campeones de Europa y América se disputa en el Estadio Nacional de Tokio. En cambio, en cuanto a selección, Japón no levantaba cabeza. Muchos técnicos nipones creían que, en cuanto consiguieran participar en una fase final de un Mundial, «el futuro del fútbol en el Imperio del Sol Naciente será esplendoroso».

 

Yasuhiko Okudera la estrella del Furukawa campeón de la Copa Asia.

 


Paola Murrandi