Pirri en el Club Puebla, el retiro mexicano de una leyenda merengue

 

Julio de 1980 el Club Puebla mexicano logra convencer con una fabulosa oferta económica a la leyenda del Real Madrid, José Martínez Sánchez «Pirri», para que deje las filas del Real Madrid. La idea del Club Puebla era la de llevar «la mística y el espíritu madridista» del veterano y célebre jugador, para impulsar el fútbol mexicano durante sus dos años de contrato. Cuarenta y ocho millones de pesetas, al cambio, por dos años; un rancho, a 108 kilómetros de la capital mexicana, coche, la seguridad para Pirri de continuar sus estudios de medicina y la solvencia de un colegio para sus hijos fueron razones suficientes para que el Madrid perdiera a su símbolo tras diecisiete años como merengue.

A pesar de que Pirri tenía firmado un nuevo contrato con el Real Madrid y que precisamente debía iniciar su decimoséptima temporada con el club blanco, rescindió el compromiso y aceptó la ventajosa oferta mexicana. Atrás quedaba la consecución de 1 Copa de Europa (1965-1966), 10 Campeonatos de Liga (1964-65, 1966-67, 1967-68, 1968-69, 1971-72, 1974-75, 1975-76, 1977-78, 1978-79 y 1979-80), 3 Copas del Generalísimo (1970, 1974 y 1975) y 1 Copa del Rey (1980).

 

 

El Real Madrid ciertamente ayudó lo suyo a que la operación se concretara dando todo tipo de facilidades al jugador y asegurando también el cobro de tan importante cantidad. «Se trata de Pirri», dijo el presidente De Carlos, «una persona que en su escala, puede compararse con el irrepetible Santiago Bernabéu. «Hace cuatro años tuve una valiosa oferta del Cosmos neoyorquino. Entonces no la acepté. Y puedo asegurar que ni por todo el oro del mundo hubiese ido a México sin la certeza de poder continuar mi carrera de medicina, comienzo el cuarto curso, y sin la garantía de un colegio adecuado para mis hijos, aunque lógicamente el fondo esencial de una oferta así es el dinero, claro, y por ello he aceptado».

 

 

La figura de Pirri a lo largo de sus diecisiete años en el Madrid sobrepasó ya lo meramente deportivo. Se había convertido en el símbolo del club, por su conocido pundonor. «Fuera del Bernabéu», dijo De Carlos, «le humillan a todos menos a él». Es el único jugador que tiene la laureada del club, como premio a su actuación en un partido, en la temporada 1968-1969, que jugó con fiebres tifoideas y con la clavícula rota a poco de iniciarse el juego. Fuera del terreno de juego, baste señalar su convocatoria, hace unas fechas, a una cena con el presidente Suárez con otros destacados deportistas, y su entrevista, hace una semana, con un ministro del actual Gabinete, junto con otros tres representantes de los futbolistas españoles, sobre temas relacionados con los problemas de los profesionales.

El dueño del Puebla, Jorge Suárez, destacó, en síntesis, que «las cifras de esta operación no se acostumbran a barajar en el fútbol de mi país. Pero Pirri era conocido allá como el defensa libre de oro. Su personalidad y significado tienen una mística especial que impulsará el fútbol mexicano». A nivel deportivo, el Puebla era por aquel entonces uno de los equipos más modestos de la Primera División mexicana, que formaban veinte clubes, distribuidos en cuatro grupos de cinco. En 1979 fue cuarto en uno de esos grupos. Pirri jugaría dos años allí, aunque tuvo opción a otro más. «En realidad voy como cedido. Volveré al Madrid con la carrera de medicina terminada, especializado en la deportiva, para ocupar un puesto en la plantilla médica del club».

 

 

La presentación a puerta cerrada

Pirri tuvo una presentación bastante extraña, ya que debutó con el Puebla en un partido amistoso contra el Zacatepec, disputado a puerta cerrada. Entre los escasos, pero distinguidos espectadores del encuentro, se contaron el presidente de la federación mexicana y el ex jugador español Isidro Lángara, que estaba a cargo de las divisiones inferiores del club. Pirri jugó 85 de los noventa minutos del partido y demostró una excelente condición física, hasta el punto de que Rafael del Castillo, presidente de la federación, afirmó que «muchos jugadores con diez años menos que él darían un ojo de la cara por poseer las mismas condiciones físicas». También señaló que, a su juicio, la presencia de Pirri en el equipo sería un imán para la taquilla, y que eso haría que al Puebla le resultara barata la adquisición del jugador español, que cobraría cincuenta millones por aquella temporada.

 

 

Por su parte, Isidro Lángara (tres veces máximo goleador del campeonato español antes de la guerra y varias veces internacional) alabó también el juego de Pirri: «Es un jugador con una colocación estupenda sobre la cancha, con recursos de maestro y que derrocha energía y entusiasmo como si fuese un chaval». Lángara se afincó en México a raíz de la guerra española, cuando formó parte de la selección de Euskadi, que jugó una serie de encuentros por Europa y América.

El partido de la presentación de Pirri finalizó con victoria de uno a cero a favor de su equipo, el Club Puebla. El gol fue marcado por el extremo izquierdo, al aprovechar un lanzamiento largo del propio Pirri. Algunas jugadas de Pirri, especialmente una serie de regates suaves en el centro del campo, llenaron de admiración al escaso público que fue invitado a esta presentación.

Finalmente, su debut oficial y presentación abierta a todo el público tuvo lugar el 20 de septiembre en el partido inaugural de la liga mexicana, ante Cruz Azul. El Club Puebla acabó ganando 0-1 ante todo pronóstico.

 

 

El retiro definitivo y vuelta a España

El 12 de agosto de 1982 José Martínez, Pirri, declaró que se retiraba definitivamente del deporte en activo. Aunque terminaba aquel año su contrato con el Club Puebla, en el que militaba desde su marcha del Real Madrid, después del Mundial-78 tenía opción de prorrogarlo una temporada más, pero la situación económica de la entidad lo hizo imposible. Asensi e Idígoras, otros jugadores españoles en el Club Puebla, así como el entrenador del equipo, Joaquín Rifé, deberían cambiar de club.

Pirri, se convirtió poco después en el doctor Martínez, especialista en Medicina Deportiva, y obtuvo trabajo en el Real Madrid tras su aventura mexicana, premio más económico que deportivo a los servicios prestados, sin sacar todos los beneficios que tenía previstos. El Club Puebla decidió cancelar sus compromisos con el entrenador y los jugadores españoles: Rifé, Pirri, Asensi e Idígoras, debido a la devaluación sufrida por el peso mexicano ante el dólar, moneda en la que estaban estipulados sus contratos. El propietario del club lo puso a la venta ante la grave situación económica producida, haciéndose cargo del mismo el propio Gobierno del Estado de Puebla.

Tanto los jugadores como el entrenador aseguraron que no hubo ningún problema ante el hecho planteado, pese a su perjuicio, quizá como un ejemplo a seguir en el por aquel entonces estado de bancarrota del fútbol español. Mientras Pirri terminaba aquel año su compromiso con el club, Asensi tenía aún una temporada de contrato y a Idígoras, que se casó, precisamente, a principios de verano en San Sebastián, tras conocer a su esposa en Puebla, le quedaban tres. El ex capitán del Barcelona y Pirri recibieron aquellos días la carta de libertad, pero el que fue extremo de la Real Sociedad el que tendría un tratamiento diferente por su mayor ficha.

 

 

El expropietario del Puebla (sistema directivo de funcionamiento habitual en los clubes de fútbol de México), de origen español, tuvo precisamente por ello especial interés en reforzar la plantilla con figuras del fútbol nacional. Pirri, defensa libre ya en su última etapa de la selección y del Real Madrid, puesto en el que la experiencia y la calidad pueden suplir como en ningún otro la lógica merma de facultades en el jugador veterano, fue el primer fichaje. En el club blanco no solamente no hubo inconvenientes ante el traspaso, sino que fue la mejor salida para el capitán, con el premio económico, además, que suponía. Aunque se le llegó a echar de menos, en una primera temporada ausente con especiales fallos defensivos, difícilmente hubiese podido rendir al brillante ritmo de temporadas anteriores. Su marcha fue bien distinta a la de Di Stéfano al RCD Espanyol bastantes años antes, con Santiago Bernabeu. El Real Madrid abrió así un camino ideal para la colocación de viejas glorias y el Barcelona, de una forma un tanto sorprendente, cuando no parecía tan clara su desvinculación con el equipo, siguió el surco con el otro capitán, Juan Manuel Asensi. Después vendría el ex jugador y ex entrenador Rifé, el último del cuarteto. Antes se había producido la llegada de Idígoras, un caso distinto por la edad, pero parecido en las lógicas apetencias económicas de un profesional y, tal vez, en su falta de sitio en la Real Sociedad, pues también era claramente rechazado por el público de Atocha.

El rendimiento de los refuerzos españoles no defraudó a los técnicos ni a la afición poblana, pero el equipo de la ciudad no consiguió ningún título, ni siquiera clasificarse para las liguillas finales de cada temporada en las que se dilucida el campeón de las correspondientes ligas. Mientras en su propio terreno los resultados fueron habitualmente buenos, fuera de casa el Puebla perdió todas sus posibilidades.

Pirri, ceutí de nacimiento y madridista de adopción, que se convirtió con su fuerza y buen hacer futbolístico, a lo largo de los años en una de las figuras que puede presentar con orgullo el fútbol español en su libro de oro, volvió a dejar huella de su clase en México. Se aclimató rápidamente a la altitud y cumplió con la honradez que le ha caracterizado siempre en su carrera profesional, primero en el Real Madrid y luego en el Puebla, sus dos únicos clubes.

La casa blanca le ofreció su homenaje el 15 de mayo de 1981. Se enfrentó a la selección, con la que se despidió no muy amigablemente tras el anterior fracaso mundialista, el de Argentina-78. Después de amenazar con sacar a la luz pública una agenda de lo ocurrido en la lamentable concentración de La Martona, no lo hizo y quedó en situación embarazosa, no concordante con su trayectoria profesional, ejemplar tanto dentro como fuera de los terrenos de juego.

 

 


Martín Agudo