La más importante de las cosas menos importantes

 

El lector ya habrá advertido que la originalidad de este artículo, si la hubiera, no está en su título. La frase de Jorge Valdano encierra un universo inabarcable para los que nos sentimos futboleros, pues solo a nosotros, en nuestra justa medida, nos permitimos medir su trascendencia en nuestras vidas.

El fútbol, como la música, es un extraordinario hilo conductor para explicar la historia de uno mismo. Tiene dos ventajas respecto a la música, y es que nos posibilita definir con imágenes el qué y situar en el calendario el cuándo.

Los más espirituales hablarán de él casi como una religión. Los más religiosos considerarán esto un sacrilegio. Los más relativistas asumiremos que podría valer como religión, por qué no, si las hay con menos fundamento. Pero todos convendremos que es tradición. Y esta palabra, “tradición”, que es de esas palabras que por amplias terminan siendo inconcretas, no es, ni más ni menos, que el recuerdo del Metropolitano de Sabina, donde lloraba su abuelo con su papá de la mano. Tradición es querer ser el abuelo del cuento algún día para sentir que nuestro legado vivirá a buen recaudo.

El fútbol nos ordena la agenda, los valores y los recuerdos. Es más fácil que se nos olvide el cumpleaños de la novia que dónde estábamos y qué hacíamos cuando Alfonso o Tamudo marcaron aquellos goles que tú y yo sabemos. Por eso pasa el tiempo y cambiamos de pareja, pero no de equipo.

Nos ordena la agenda, decía. El partido de nuestro equipo determina qué haremos antes y después de, casi como si fuéramos a jugarlo nosotros. Y en ese tobogán de emociones en el que solo los más sufridos seguidores se identificarán, nos sentimos los panes y los peces del milagro al mismo tiempo cuando pasamos de querer quemarlo todo el domingo a volver a sentir ese fuego interior de la victoria venidera, a más tardar, el martes.

Quien más y quien menos ha soñado con ser, no necesariamente por este orden, o futbolista grande o estrella del rock. Es pura biología. Deben ser las dos profesiones del mundo en las que más se liga, por encima de tronista. Por eso el periodismo, como la vida, está lleno de futbolistas y cantantes frustrados. Hablar de fútbol y que guste lo escrito es lo más parecido que estaremos nunca de golear para los nuestros. Y escribir bien requiere de cierta musicalidad, de sentido del ritmo. De contención a veces y de reiteración en el mensaje a modo de estribillo en otras. Termina siendo la vía de escape por la que canalizar todo el talento que creemos agazapado desde hace tanto tiempo. Por eso casi siempre que leemos algo como esto pensamos que nosotros lo hubiéramos podido hacer mejor. Y cuando no tienes esa sensación, es que estás delante de algo genuino.

Reconozco que yo tampoco lo vi venir, que hace menos de una semana bromeaba con ello y no imaginaba la que se nos venía encima. El fútbol, o la ausencia de, en tiempo del Coronavirus. Seguramente empezamos a intuir lo feo del asunto cuando se cancelaron partidos en este macabro efecto dominó en el que vivimos desde hace unos días. El fútbol nos avisó de que esto iba en serio y a él siempre le hacemos caso.

Sí. Sin duda es un gran hilo conductor de historias. Incluso de historias que nunca existieron. De igual forma que aquella chica nunca sabrá qué canción me recordó siempre a ella, para mi madre, como para muchas madres, el fútbol siempre fue poco menos que once tipos detrás de un balón. Eso y una afición a la que le destinamos demasiado tiempo, energías, dinero, sacrificios…todo.

Albert Camus decía que todo cuanto sabía con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debía al fútbol. Probablemente la madre de Camus pensaba parecido a la mía, la chica de la canción no pensaba nada bueno de mí y probablemente los cinco tengamos razón.

Chimpún.

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Carlos Caso
@KarlosRCDE