miércoles, septiembre 28, 2022

La Hungría de los años 50, la obra maestra del fútbol

 

Conocidos como los “Magníficos Magiares”, en húngaro los “Aranycsapat”, la Hungría de los años 50 fue una de las mejoras selecciones de la historia, la obra maestra del fútbol. El todopoderoso equipo, dirigido por Gusztáv Sebes, incluía figuras de la talla de Ferenc Puskás, Zoltán Czibor, Sándor Kocsis, Nándor Hidegkuti, Ferenc Szusza, József Bozsik y Gyula Grosics, sin olvidar la gran ausencia de László Kubala que tan solo disputó 6 partidos con la selección de su madre patria entre 1946 y 1947, antes de pasarse a Checoslovaquia y España.

 

 

Tal fue la consistencia de este bloque que se mantuvo invicto durante ¡32 partidos consecutivos! Sin olvidar su capacidad de arrollar ofensivamente a sus rivales. Prueba de ello fueron los 27 goles anotados en el Mundial de Fútbol de 1954 que a día de hoy aún es un récord que ninguna selección ha podido superar.

La etapa de máximo esplendor de los “Aranycsapat” tuvo lugar entre 1950 y 1956, en la que registraron 42 victorias, 7 empates y solamente una derrota, en la final de la Copa del Mundo de 1954 en Berna contra Alemania Occidental. Bajo el sistema de calificación Elo, método utilizado para ordenar a los equipos según su potencial, los húngaros lograron la calificación más alta registrada nunca por un equipo nacional (2231 puntos el 30 de junio de 1954), justo por delante del segundo, Alemania (2223 puntos, 13 de julio de 2014).

 

 

Gusztáv Sebes, el estratega de la mayor invasión futbolera de los 50

Gusztáv Sebes, hijo de un humilde zapatero, destacó en etapa juvenil con el Vasas SC. Por aquel entonces compaginaba su pasión por el fútbol con los movimientos sociales, llegando a trabajar como organizador sindical en Budapest y luego en París, donde trabajó como instalador durante cuatro años para la marca Renault en Boulogne-Billancourt. Fue entonces cuando jugó la liga amateur del campeonato francés con el equipo de su fábrica, el Club Olympique Billancourt.

Al regresar a Hungría en 1927 fichó por el Hungária FC MTK Budapest, donde compartió alineación con  los que serían sus futuros asistentes Jenő Kálmár y Pál Titkos. Durante aquella etapa que se extendió hasta 1940 (año de la desaparición del club), tuvo tiempo de ganar la liga húngara en tres ocasiones y la copa húngara una vez. Tras su retiro dirigió al Szentlõrinci AC, WMKASE, Csepeli WMFC, Buda foki MTE y en 1949 se erigió en el nuevo seleccionador nacional húngaro. A modo de apunte hay que recordar que en 1945 volvió a calzar sus botas para jugar algunos minutos con el recién refundado MTK Budapest.

 

 

Fue en aquel periodo inicial con la selección cuán do tuvo la suerte de poder contar con la estrella juvenil del Vasas de Budapest, un tal László Kubala, aunque la ilusión duro poco porque en enero de 1949 el jugador huyó de Hungría para escapar de la dictadura comunista. No olvidemos que al final de la II Guerra Mundial, Hungría había quedado bajo control de la URSS y se impuso la prohibición de salida del país sin permiso gubernamental.

El “Telón de Acero” era famoso por imponer restricciones a la salida de deportistas de élite para jugar en países del bloque occidental, y en el caso húngaro se trataba de una prohibición absoluta, y el joven Kubala, ferviente anticomunista, tuvo claro que su futuro pasaba por emigrar.

 

 

El primer gran golpe, Helsinki 1952

La derrota ante Checoslovaquia un domingo 10 de abril de 1949 por 5-2 marcó curiosamente un antes y un después para los pupilos de Sebes.  Aquella derrota fue el detonante que activó la maquinaria de “El Equipo de Oro”. Y es que desde  esa fecha hasta 1956, Hungría disputó cincuenta y cuatro partidos, perdiendo solamente uno.

El verano de 1952 la fría Helsinki se convirtió en el escenario de su primer gran golpe, la capital finesa acogía los Juegos Olímpicos. En la disciplina de fútbol el equipo magiar, aún desconocido para el gran público, arrasó literalmente. Por aquel entonces los Juegos Olímpicos no era un torneo menor, sino todo lo contrario.

 

 

La primera víctima fue Rumanía en la ronda preliminar por un apretado marcador de 2-1, posteriormente vapulearon por 3-0 a Italia, ya bicampeona del mundo por aquel entonces, habiendo ganado  precisamente su segundo Mundial en 1938 en Francia, derrotando a Hungría en la final. Tras los italianos, Turquía salió humillada 7-1, y en la semifinal, la poderosa Suecia de Lindholm sucumbió por 6-0.  En la final disputada el 2 de agosto de 1952 la Yugoslavia de Vujadin Boskov cayó por 2-0. Euforia en las calles de Budapest y de toda Hungría, no solo por el campeonato conseguido, sino porque habían presenciado el ensamblaje de una máquina de fútbol perfecta que interpretaba el credo táctico del 4-2-4 y el 3-2-5.

 

 

Además, en aquellos sistemas los futbolistas no tenían una posición fija en el campo, iban rotando su demarcación según el momento del partido desconcertando totalmente a sus rivales. Y cuando atacaban o defendían lo hacían todos en bloque y con agresividad máxima para desgastar las fuerzas de sus rivales. Hungría no solamente se coronó campeón olímpico en Helsinki sino que entre 1948 y 1953 conquistó cada edición de la Copa Dr. Gerö, un torneo amistoso de fútbol creado por el austríaco Hugo Meisl y disputado entre las cinco selecciones de fútbol más poderosas de la época en Europa Central entre 1927 y 1960.

 

 

La consolidación a ojos del mundo ante los creadores del fútbol

El mayor reconocimiento a ojos del mundo llegó el 25 de noviembre de 1953 en el “Match of the Century”, cuando los magiares derrotaron en el Estadio  de Wembley a la selección de fútbol de Inglaterra, convirtiéndose así en el primer equipo no británico en ganarle en dicho estadio y con Puskás como estrella absoluta.

Era conocido que Sebes planificaba con destreza como desarmar a sus rivales, pero lo hizo de forma mucho más meticulosa y “sádica” contra Inglaterra, entendía perfectamente lo que podía suponer  para el fútbol húngaro el poder dar una campanada de tal calibre en el nido de los creadores del fútbol. Las malas lenguas incluso explicaban que pidió prestados los balones más pesados que utilizaba la FA inglesa para que su equipo pudiera practicar con ellos, y hasta llegó a modificar su campo de entrenamiento para que las dimensiones coincidieran con las de Wembley.

 

 

También organizó partidos de entrenamiento contra clubes húngaros a los que se les había ordenado jugar al estilo inglés, y el 15 de noviembre de 1953, dos semanas antes del segundo partido contra Inglaterra, Hungría se enfrentó a Suecia, entrenada por el inglés George Raynor, empatando a 2. Pero aquel no fue el último partido de preparación antes del gran duelo. Sebes y los “Poderosos Magiares” realizaron una parada en París para disputar un  partido de preparación contra el antiguo equipo de su seleccionar, el Club Olympique Billancourt, al que vencieron por 18-1 ante 3.000 espectadores. Pura poesía. Hungría llegó a su gran prueba de fuego y se enfrentó a un combinado absoluto inglés que incluía al primer Balón de Oro Stan ley Matthews, Stan Mortensen, Billy Wright y Alf Ramsey, casi nada. Tal fue la superioridad húngara que la prensa inglesa reconoció que les pasaron por encima literalmente. Resultado final de 3-6 con una impresionante exhibición de fútbol, en la que Hidegkuti marcó un triplete y Ferenc Puskás anotó dos goles más.

 

 

Tras el partido, se organizó una revancha como preparación para la Copa del Mundo de 1954, que tuvo lugar en el Népstadion de Budapest, y en la que Hungría protagonizó otra impresionante actuación, pero esta vez mucho más arrolladora, 7-1. Les salió muy mal la jugada a los ingleses.

Tal fue la huella histórica dejada por los magiares y por Puskás entre el respetuoso público inglés, que en 2016 fue un éxito absoluto una exposición dedicada al capitán húngaro en el Museo Nacional de Fútbol de Inglaterra que atrajo a más de un cuarto de millón de visitantes.

 

 

1954, el momento de la verdad en la Copa del Mundo de Suiza

La quinta edición de la máxima competición de selecciones dio inicio en Suiza el 16 de junio del 54. “Casi treinta partidos invictos”,  este era el cartel de presentación de los húngaros en la prensa internacional para la gran cita.

El primer partido del grupo les emparejó contra la exótica Corea del Sur, que salió vapuleada por un brutal 9-0, y pudieron ser unos cuántos más. Días después fue el turno de Alemania Federal, que sucumbió en el St. Jakob Park de Basilea por un humillante 8-3 y pidiendo la hora desesperadamente al árbitro.

 

 

El primer puesto del grupo era para los húngaros. En cuartos de final la Brasil post Leônidas da Silva y pre Pelé les esperaba en Berna. Aquel partido aún es recordado a día de hoy como uno de los más agresivos y violentos de la historia de los Mundiales, evidentemente acabó en victoria para los magiares, 4-2.

 

 

Los húngaros se habían deshecho casi sin pisar el acelerador de los subcampeones del anterior Mundial. Para agrandar su leyenda, en semifinales le  esperan los vigentes campeones: la bicampeona y potente Uruguay, que cuatro años antes había protagonizado otra de las grandes gestas de este deporte: “El Maracanazo”. Los charrúas cayeron 4-2, en un partido en el que Puskás no participó debido a molestias físicas. El once inicial desplegado por Sebes ante Uruguay estuvo formado por Bozsik, Grosics, Lóránt, Hidegkuti, Palotás, Budai II., Zakariás, Buzánszky, Lantos, Czibor y Kocsis.

 

 

El mítico 4 de julio de 1954 el Wankdorsfsta dion de Berna, lleno hasta la bandera con 60.000 espectadores en sus gradas, recibía a las cinco de la tarde a Hungría y Alemania Federal, que se disputarían la Copa Jules Rimet. Nadie esperaba otro resultado que no fuera la victoria magiar ante un equipo al que ya habían goleado y humillado en la fase de grupos por 8-3.

 

 

Hungría empezó amilanando a sus rivales alemanes, y a los ocho minutos ya ganaba por 2-0, fruto de los goles de Puskás y Czibor. Y cuándo los magiares mejor jugaban, el cielo de Berna casi por  intervención divina se cubrió de nubes y empezó una asfixiante lluvia que ayudó a apagar la máquina húngara y a permitir a los alemanes empatar el partido ¡antes del minuto 20! Con aquel empate en el marcador se llegó al descanso. El secreto de aquel inesperado cambio del signo del partido se debió al material técnico usado por los alemanes…

 

 

El representante de la por entonces incipiente y desconocida marca deportiva Adidas, Adolf Dassler, había calzado a su selección con unas innovadoras botas de tacos que permitían fijar distintos tipos de tacos según las necesidades del partido. La segunda parte se desarrolló bajo una lluvia inclemente y un terreno de juego impracticable, que  convirtió el césped del Wankdorsfstadion en un barrizal que anulaba por completo la superioridad  técnica de los húngaros. Mientras los jugadores ale manes parecían fijados al césped gracias a la marca Adidas, los jugadores húngaros hacían esfuerzos infructíferos por mantener el equilibrio con sus botas de fabricación nacional.

 

 

La superioridad técnica incontestable de los magiares había quedado sepultada por la superioridad tecnológica en el calzado de los alemanes que, cuando corría el minuto 84 de partido, pusieron el 3-2 en el marcador gracias a un tanto anotado por Rahn. Quedaban solamente seis minutos para la finalización del encuentro y Hungría se lanzó a la desesperada al ataque, llegando Puskás incluso a anotar un gol que fue anulado por fuera de juego previo de Hidegkuti, pero el ímpetu en aquellos minutos finales fue totalmente estéril. Alemania Federal se proclamó ante todo pronóstico, y por primera vez, campeona del mundo de fútbol.

El sueño magiar se había esfumado cuando menos se esperaba y el hijo de un zapatero tuvo que ver  cómo su sueño mundialista se esfumaba precisamente por utilizar un calzado inadecuado.

 

 

El ocaso forzado de una selección insuperable

Sebes tras el subcampeonato en el Mundial de  1954 siguió al frente de la absoluta húngara, volviendo a enlazar una racha de partidos seguidos sin perder, 18, destacando la prestigiosa victoria ante la URSS de Lev Yashin el año 1955 en Moscú, que supuso la primera derrota de la selección soviética en casa en toda su historia.

El octubre de 1956 el ambiente social que se vivía era de pura represión política. La Revolución Húngara está a punto de estallar, y en medio de toda esta agitación, el equipo más poderoso de la Hungría de la época, el Honved, preparaba su partido correspondiente a la Copa de Europa contra el campeón español, el Athletic Club. Estaba programado el partido de ida en Budapest para el 22 de octubre, pero la organización decidió invertir el orden de los encuentros, habida cuenta del clima prerrevolucionario que se vivía en Hungría. Así, el Honved viajó hacia España y un día después del partido el pueblo húngaro tomó las calles de Budapest y de las principales ciudades alzándose contra el régimen comunista. Había estallado la Revolución Húngara del 56.

 

 

El Honved, ante la gravedad de los acontecimientos, decidió no volver a Hungría y el partido de vuelta se jugó en terreno neutral, concretamente en Heysel, Bruselas. Tras el partido varios de sus jugadores, con Puskás, Czibor y Kocsics a la cabeza, decidieron no volver a su país y pidieron asilo político en España, que no dudó en concedérselo. Así empezó la disolución del combinado dirigido por Sebes, que fue total cuando más jugadores de equipos punteros húngaros (Ujpest Dozsa, Ferencvaros, MTK,  Videoton y Vasas) decidieron tomar la misma resolución. Con ello, la Federación Húngara los declaró personas non gratas y una vez sofocada la revuelta por los soviéticos nunca más volverían a jugar con  la selección nacional que los había visto triunfar y rozar la gloria aquella inefable tarde en Berna.

 

 

El declive final

La era de los “Magiares Mágicos” terminó con el inicio de la Revolución Húngara de 1956, y quedó sepultada el siguiente año cuando Sebes dejó de ser seleccionador húngaro. A pesar de ello el orgullo húngaro se mantuvo vigente y la selección húngara siguió jugando muy bien y ganando casi todos sus partidos. Cuando todo apuntaba a que sería en el Mundial de 1958 de Suecia cuando les llegaría por fin su primer campeonato, la historia de nuevo les truncaría la ilusión. Hungría se presentó con un equipo en el que no se advertía la ambición de antaño y con graves síntomas psicológicos tras el desmembramiento del equipo, unido a la fatídica  final del anterior Mundial. Todo ello supuso una  pesada losa sobre la espalda de los nuevos jugadores encargados de llevar la gloria a su país.

 

 

Tras superar a Noruega y Bulgaria en la fase de clasificación, Hungría quedó encuadrada en el Grupo C junto a Suecia, México y Gales. Comenzó el campeonato con un empate ante los británicos, partido seguido por una derrota ante los anfitriones nórdicos, que dejaría una contundente victoria ante el combinado americano en el último encuentro les dejaba empatados con los galeses. Fue necesario un partido de desempate en el que salieron vencedores los británicos por 2-1, eliminando así del torneo a los magiares, que sin poder contar con la mayoría de sus estrellas, vieron como se les escapaba de nuevo la oportunidad de coronar sus éxitos con la prestigiosa Copa del Mundo.

La enésima decepción llegó con la eliminación en octavos de final de la primera Eurocopa de la historia, provocando que el equipo no pudiera disputar la fase final en Francia (semifinales y final). Una decepción que solamente fue sofocada por la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de 1960 celebrados en Italia, y el nacimiento de una nueva esperanza, el centrocampista János Göröcs (imagen inferior).