Gianni Rivera, «Il Bambino d’Oro»

 

Gianni Rivera fue leyenda del AC Milan, campeón de Europa en 1963 y 1968, subcampeón del mundo en 1970, primer Balón de Oro italiano en 1969, y aún a día de hoy se le recuerda por ser uno de los mejores 10 de la historia del fútbol. Era un “trequartista” operando justo detrás de los atacantes; un “fantasista” con la chispa creativa de los elegidos; y a la vez un “regista” que dirigía el juego al ritmo que marcaban sus botas. En el terreno de juego, lo era todo.

Nació el 18 de agosto de 1943 en Alessandria, en el Piamonte italiano. Su padre, de oficio ferroviario, le inculcó el amor por el balón de bien pequeño, y lo apuntó a las categorías inferiores del ASD Don Bosco para que se perfeccionara.

 

 

Allí permaneció hasta los 14 años, cuando fue fichado para el juvenil del Foot Ball Club Alessandria. El 2 de junio de 1959 debutaría en Serie A contra el Inter vistiendo la camiseta del primer equipo. El niño prodigio del Calcio marcaría su primer gol ante la Sampdoria, y cautivaría a todos los amantes del fútbol italiano, a pesar de no evitar el descenso a la Serie B.

 

 

En un partido contra el Associazione Calcio Milan, Franco Pedroni le vio jugar e inmediatamente le fichó por un precio récord para la época y en una transacción que causó estupor en Italia. Además de los 60 millones de liras que se pedían por él, el club rossonero incluyó en la operación a tres jugadores. Todo por un adolescente de 16 años. A pesar de las críticas, los de Milano pagaron el precio y Gianni Rivera inició su primera campaña con los “rossoneri”, equipo del que no se movería hasta colgar las botas. Allí pasó diecinueve temporadas (doce como capitán), fue tres veces campeón de Italia, dos de Europa y una de la Intercontinental. Con 128 goles en 527 partidos es aún a día de hoy el centrocampista más prolífico de la historia de la máxima competición de Italia.

Entre 1962 y 1974 formó parte de la selección italiana, con la que disputó 60 partidos y marcó 14 goles; las cuatro Copas del Mundo en las que participó le sitúan en segundo lugar, tras Gianluigi Buffon, entre los jugadores italianos con más participaciones en la Copa del Mundo, empatado con Enrico Albertosi, Giuseppe Bergomi, Fabio Cannavaro, Paolo Maldini y Dino Zoff.

Además, ocupa el puesto 19, el primero de los italianos, en la clasificación especial de los mejores futbolistas del siglo XX publicada por la IFFHS en 2000. En 2004, fue incluido en la FIFA 100, una lista de los 125 mejores jugadores vivos elaborada por Pelé y la FIFA para conmemorar el centenario de la federación; ese mismo año ocupó el puesto 35 en la encuesta del Jubileo de Oro de la UEFA, una encuesta en línea realizada por la UEFA para celebrar los mejores futbolistas de Europa en los últimos 50 años. En 2013 fue incluido en el Salón de la Fama del Fútbol Italiano y en 2015 estuvo entre los 100 mejores deportistas seleccionados por el CONI para el Paseo de la Fama del deporte italiano. Gianni Rivera fue pura historia del fútbol.

 

 

La magia de un 10 con el carisma de un actor de Hollywood

El nombre de Gianni Rivera rara vez aparece en una frase que no esté repleta de superlativos. Debido a la veneración que otros sienten por él y a su estilo pionero en aquella época, se le considera como el arquetipo de un determinado tipo de jugador, el que ahora llamaríamos un número 10 clásico.

El centrocampista tenía una presciencia chamánica de la situación de sus compañeros y de los rivales en el campo. Al igual que los grandes del ajedrez, es posible que fuera capaz de saber dónde estaban todos los activos en cualquier momento. Su juego posicional y su capacidad para detectar y aprovechar los espacios, con una carrera irregular o un pase suave, no tenían parangón en aquella época donde la calidad técnica no abundaba.

Aunque tenía rasgos que le hubieran permitido actuar con éxito en varias posiciones: desde creador de juego en profundidad hasta delantero centro, Rivera era un jugador que podía hacer aparecer algo de la nada. Utilizaba su precisión milimétrica en el pase y su gran visión táctica para ofrecer a sus compañeros la oportunidad de desplegar mejor su talento en beneficio del equipo.

 

 

Su media de un gol cada cuatro partidos con el AC Milan echa por tierra la teoría de que solamente era un jugador que sacaba lo mejor de los demás. Su polifacética influencia en cada partido hacía que se canalizaran un sinfín de posibilidades y resultados. Con un ligero movimiento de su pie derecho o una finta engañosa, contribuía al éxito de una jugada de ataque.

Esta creatividad e inteligencia lo llevaron a convertirse en uno de los jugadores más venerados de la historia del Calcio italiano. Su entrenador y amigo de toda la vida, Nereo Rocco, dijo una vez de él: “Sí, no corre mucho, pero si quiero buen fútbol, creatividad, el arte de dar la vuelta a un partido desde el primer hasta el minuto 90, solo Rivera puede darme todo esto. No quisiera exagerar, porque al final es solamente fútbol, sin embargo, Rivera en todo esto es un genio”.

 

Rossonero por destino

En 1959, con su debut con el Alessandria con solamente 15 años, se convirtió en el tercer jugador más joven de la historia de la Serie A; uno de los muchos récords que posee, junto con el de segundo goleador más joven, que se produjo ese mismo año. Aunque fue una etapa breve, fue suficiente para atraer la atención de sus grandes vecinos del norte, el AC Milan.

 

 

Se incorporó en copropiedad con el objetivo de sustituir al héroe mundialista uruguayo Juan Schiaffino, un talentoso delantero que dejó una huella imborrable en el club y en su país. Sustituir a uno de los mejores jugadores del mundo de ese momento iba a ser toda una tarea laboriosa para el joven talento. El periodista Gianni Brera le llamaba “L’Abatino” (el pequeño Abad) en referencia a su percibida fragilidad física. A pesar de que esto era algo que debía superar en sus primeros días en San Siro, lo hizo bajo la tutela de Schiaffino y la guía de sus compañeros Nils Liedholm, Dino Sani y José Altafini. La influencia de estos jugadores en su fútbol le proporcionó una comprensión holística del juego, por encima de cualquier defecto físico percibido.

 

 

La leyenda del fútbol italiano Giuseppe Meazza llegó a definir a la perfección a Rivera con breves palabras: “es un jugador elegante con un toque extraordinario”. Y es que estos atributos: elegancia y toque, definieron en gran medida su carrera. Su trayectoria en Milano fue ilustre, ayudando al equipo a ganar tres Scudetti, cuatro Coppe Italia, dos Copas de Europa y, a título individual, el deseado Balón de Oro de 1969.

 

 

Durante su primera etapa como entrenador del club, entre 1961 y 1963, Nereo Rocco construyó su famoso sistema basado en el Catenaccio suizo en torno al joven Rivera, dependiendo de su creatividad y predilección por las jugadas de ataque para contrarrestar su enfoque mayoritariamente defensivo. En su posterior regreso a San Siro, en 1967, la conexión entrenador-jugador volvió a funcionar y el equipo de Rocco consiguió el doblete durante la primera temporada de su segundo mandato. Fue una fórmula ganadora que ayudó a Rivera a crecer y liderar. La confianza de Rocco en el jugador como capitán les convirtió en uno de los dúos entrenador-jugador más notables del fútbol. Era la ilustración perfecta de una relación construida sobre el respeto y la comprensión, en la que el conocimiento del juego viajaba de forma simbiótica. Entrenador y capitán habían encontrado su alma gemela.

Naturalmente, los aficionados “rossoneri” adoraban a Rivera. No únicamente era un capitán fantástico, sino una persona muy agradable. Lo bonito es que la relación era recíproca. Él amaba la ciudad, su gente y al AC Milan.

 

 

Rivera fue apodado “el chico de oro del Milan”. Este apodo no solamente se refería a sus esfuerzos futbolísticos, sino también a la idea de que era un jugador modélico, un ejemplo brillante. Rivera no podía hacer ni decir nada malo; cuando decía algo, sus palabras tenían un peso innegable. Una actitud de implacable perseverancia, la misma que permitió al frágil joven convertirse en un hombre de gracia y poderío que le llevó a estar dispuesto a luchar contra quien consideraba que trataba al Milan sin el debido respeto. Soportó duras y controvertidas disputas con los árbitros, incluyendo el infame capítulo con Concetto Lo Bello, en el que el árbitro concedió públicamente una decisión de penalti errónea contra el Milan de Rivera. No se trataba solo de los árbitros, sino de cualquiera que Rivera considerara “non degni del Milan”, es decir, no digno del Milan. El valor es el nivel en el que algo o alguien merece ser valorado. Rivera fijó un estándar para cualquier persona relacionada con el club. Parece bastante anacrónico imaginar a un capitán como abanderado en el fútbol actual. Esto, para los milaneses, lo convirtió en una leyenda perdurable en el ámbito de club, pero como respeto mutuo a un compatriota, Rivera también fue muy valorado y acogido de buen grado a nivel internacional.

Su triste retirada llegaría finalmente en 1979, tras 501 partidos y 122 goles con el AC Milan.

 

 

Magia para la Azzurra

Al igual que su debut en la Serie A, el debut internacional fue memorable. La estrella en ciernes recibió una inesperada convocatoria para el Mundial del 62, y su debut en competición se produjo en Chile contra Alemania Occidental en un empate a cero. Una selección italiana muy débil abandonó la competición en la primera ronda y Rivera fue criticado por Brera por su escaso ritmo de trabajo y posicionamiento defensivo. A pesar de ello, se convirtió en un jugador crucial para Italia y llegó a su segunda Copa del Mundo en 1966, donde su equipo volvería a quedar eliminado antes de tiempo. Esta vez, con la edad y la reputación de su lado, se manifestó en contra del enfoque defensivo del seleccionador Edmondo Fadbri.

En un giro del destino, Fabbri fue sustituido por el rey del Catenaccio Helenio Herrera, el entrenador del Grande Inter, rival directo de Rivera. El despiadado argentino no quedó impresionado con el rendimiento de la estrella en la competición anterior y dejó de lado a Rivera. No había mucha gente con peso para rebatir la elección de Herrera, pero un hombre acudió al rescate de Rivera. Fue su crítico, Gianni Brera. El breve mandato de Herrera dio paso a una nueva era de éxitos, con Rivera como su estrella más brillante. Italia organizó la Eurocopa de 1968 y, con Ferruccio Valcareggi como seleccionador, el equipo ganó con la ayuda de una moneda en la semifinal. Gianni se lesionó en los primeros compases del partido, no obstante continuó en él con una notable actuación. Aunque se perdió la final del torneo contra Yugoslavia, por fin tenía un trofeo internacional.

 

 

Fue en el siguiente torneo, la Copa del Mundo de 1970, cuando su carrera internacional alcanzó el punto álgido, cuando Valcareggi introdujo una de las tácticas más extrañas de la historia del fútbol, que de alguna manera ayudó a guiar a su equipo a la final del torneo, a pesar de la controvertida idea que la inspiró.

Rivera era astuto y visionario, todo gracia felina. Pero Italia tenía a otro en su puesto que aportaba todo lo que él no tenía. Sandro Mazzola era un jugador de ataque creativo, pero con la velocidad y la destreza defensiva que le faltaban a Rivera. Además, era la mayor estrella del Inter, su rival en la ciudad.

En un equipo italiano equilibrado, la balanza entre la defensa y el ataque podía inclinarse por cualquiera de los dos. Ponerlos juntos en el campo parecía un sacrilegio. Ambos jugadores eran iconos, intensos y brillantes, y necesitaban su propio espacio para brillar. La solución de Valcareggi era inédita. En su sistema conocido como “staffetta”, jugaba cada hombre durante una mitad del partido.

 

 

Mazzola, el mayor de los dos por un año, comenzaría. Permitiría a los italianos someter a su rival y trabajar su juego de desgaste. En la segunda parte, Rivera irrumpió en el terreno de juego, deslumbrando a los rivales y utilizando su visión de juego para ofrecer a los delanteros un sinfín de opciones de ataque.

Funcionó, hasta que Valcareggi cambió de opinión. Su equipo llegó a la final y se fue empatando al descanso. Los brasileños, con Pelé, Gérson, Rivellino y Jairzinho, tenían fuerza, velocidad e inteligencia a raudales. Por ello, Valcareggi consideró que lo mejor era seguir con Mazzola y mantener su planteamiento defensivo, dando solo seis minutos a la estrella del Milan. Italia perdió el partido por 4-1 en una final legendaria. Para colmo, el error, aunque lógico sobre el papel, era evidente para todos. Pelé declaró: “Me preocupaba que Rivera entrara, pensé que con Rivera Italia sería más peligrosa”. Aunque no es un jugador intrínsecamente arriesgado, se le consideraba un riesgo por el que el seleccionador no estaba dispuesto a apostar, a pesar de haber demostrado una y otra vez su capacidad para influir en los partidos.

Rivera representaría a su país en un último torneo mundialista en 1974, aunque para entonces ya había pasado su mejor momento. La final de 1970 había sido cruel con él. Se le quitó la oportunidad de alcanzar las alturas estratosféricas que tantos otros habían logrado, aunque con un impacto sustancialmente menor en la historia del juego.

Sus números finales con la absoluta italiana fueron 60 partidos y 14 goles.

 

 

Caballero entre caballeros

Gianni Rivera era venerado por su vida como futbolista, pero también por su personalidad fuera del campo. Carismático y afable, permaneció en el Milan mucho después de su última caricia al balón, colaborando con el club y llegando a ser su vicepresidente. En 1986, Silvio Berlusconi compró el Milan y, como accionista mayoritario, se nombró presidente. Las ideas políticas de centro-derecha del magnate italiano chocaron con las ideas de centro-izquierda de Rivera. Hombre de principios, abandonó San Siro tras la compra.

Sin embargo, sus aportaciones se han tenido en cuenta. En 2011 fue galardonado con el Premio del Presidente de la UEFA, que reconoce los logros sobresalientes, la excelencia profesional y las cualidades personales ejemplares. Esto le sitúa entre personalidades destacadas como Franz Beckenbauer, Johan Cruyff, Eusébio y Alfredo Di Stéfano.

 

 

Al entregarle el premio, Michel Platini declaró: “Gianni Rivera es seguramente uno de los grandes embajadores del fútbol, tanto en el ámbito de club como de país, ya que ha vestido la camiseta del AC Milan más de 500 veces y ha representado a su país en cuatro Copas del Mundo. Fue un verdadero caballero, tanto dentro como fuera del terreno de juego, y lo ha seguido siendo hasta hoy”.
Rivera parecía de otro planeta cuando surgió de la nada en la Serie A de finales de los años 50, con un estilo de juego técnico poco habitual en su país. En aquella época del Calcio, los jugadores tenían funciones y características más lineales, salvo puntuales excepciones. Rivera fue uno de los primeros en hacer zig en un mundo que hacía zag. Conocía a la perfección sus propios puntos fuertes y los aprovechaba. Pero también conocía sus puntos débiles y los contrarrestó, siendo pionero en el papel que hoy conocemos simplemente como creador de juego.

 

 

A menudo se lanzan palabras como “mercenario” a los jugadores, donde el prestigio y la oportunidad importan tanto como el dinero. Los aficionados entendemos que una carrera es efímera y que los jugadores necesitan alimentar a sus familias, y a su ego, pero seguimos añorando el tipo de estrellas que realmente juegan por y para el escudo. Los escudos del fútbol representan algo más que un nombre: representan una historia de familia y amistad, de altibajos y de victorias y derrotas. Y solo pedimos que cuando alguien bese un escudo delante de una multitud que ruge y dedica su vida a la trayectoria sinuosa de un club de fútbol, lo haga con honestidad.

Gianni Rivera fue todo un ejemplo de compromiso, de pasión, de talento y de amor por unos colores. Algo que las nuevas generaciones pueden admirar y olvidar, o copiar para construir sus propias historias. Un referente que nunca podrá ser borrado de la memoria “rossoneri”, por mucho que pasen los años.