Els Galactics del Real Madrid

Florentino, el Big Bang y la galaxia

 

24 de mayo del 2000: el Real Madrid gana la Octava, la segunda Copa de Europa en color, la segunda de la era Sanz. Seis días después, todavía borracho de éxito, en una decisión llena de ventajismo, Lorenzo Sanz anuncia el adelanto de las elecciones a la presidencia del club, que se celebrarían solo un mes y medio después, el 17 de julio. Tenía dos años por delante para hacerlo, pero la tentación de usar el éxito continental como reclamo fue demasiado golosa.

Desde entonces, si buscamos en el diccionario el significado de la expresión “salir el tiro por la culata”, apreciaremos la cara de póker de don Lorenzo, atragantado con el humo del puro de una victoria que ni siquiera se llegó a encender y con la sonrisa congelada.

Enfrente tenía a Florentino Pérez como rival electoral, un outsider que supo jugar muy bien sus cartas: una gestión comunicativa de campaña omnipresente gracias a su poder e influencia, el hecho de autoproclamarse el heredero de Bernabéu como conseguidor de estrellas, la promesa de una gestión económica moderna que permitiría al club sanear su deuda galopante y, acuérdense bien, amigos barcelonistas, la baza electoral del fichaje de Figo, junto a Rivaldo, el gran crack del eterno rival.

 

 

El fichaje de Figo por el Madrid supuso la entrada del fútbol español en el siglo XXI de manera brusca. También supuso un reordenamiento de fuerzas. Para el barcelonismo significó una traición traumática y una herida que no supo cicatrizar hasta la llegada de Laporta y Ronaldinho cinco años después. Con el golpe en la mesa dado, Florentino marcaba paquete y el Madrid emergía como Alfa y Omega del fútbol mundial. No en vano, una de sus grandes citas: “Fulanito ha nacido para jugar en el Madrid”, contenía toda la carga ideológica de su mandato, dotando al club blanco de una connotación casi mística, una suerte de globetrotters futbolísticos que debían repartir felicidad allende los mares, por más que su función evangelizadora universal generase una ola de antimadridismo sin precedentes que ni Butragueño, portavoz y surfista a tiempo completo, podía contener.

Florentino no inventó nada en cuanto a modelo deportivo se refiere. Si cabe, lo radicalizó. Pocos años antes, el Barça de Núñez o el Milan de Berlusconi ya formaron equipos temibles repletos de estrellas mundiales. Con un matiz: en la era pre-Bosman, estos se nutrieron de lo más granado del fútbol nacional. Por el contrario, el éxito de la Liga en su primer año y de la Champions el segundo, el año del Centenario madridista, convenció a Florentino de que la clase media era prescindible, extremó su propuesta, despreció a jugadores-pegamento como Makelele, Cambiasso, Morientes o Solari, menospreció a Del Bosque y bautizó su modelo: ‘Zidanes y Pavones’. Llegó a confesar, se dice, que, en su ideal de equipo, según pasaran las temporadas, Zidane sería el líbero del mismo: un once que aplastaría al enemigo sencillamente por acumulación de talento. Y si acaso, si hacían falta obreros para compensar el déficit defensivo de su constelación, ya se remangarían los pavones, que, por haber mamado de los valores del escudo desde niños, apretarían los dientes más y mejor que nadie.

Figo en el verano del 2000, Zidane en 2001, Ronaldo en 2002 y Beckham en 2003, convirtieron al Madrid en una superproducción cinematográfica abrumadora, en una marca global envidiable y envidiada y en un equipo de Play Station en la era de la Play Station. Los modernos lo llamarían “hacer un win-win“, pero, como diríamos en castellano antiguo los menos modernos, ¿para ese viaje hacían falta esas alforjas? Si valoramos el ciclo del Madrid Galáctico en su apogeo (del 2000 al 2005, verano en el que un Figo ya decadente se marcha al Inter), y medimos el palmarés basándonos en Liga, Copa y Champions, el Madrid gana 1/5 Champions disputadas (2002), 2/5 Ligas (2001 y 2003) y 0/5 Copas del Rey. Desde luego, no es un mal bagaje, pero tampoco puede considerarse un ciclo dominante ni a nivel nacional ni a nivel continental. En un lustro en el que el Barça atravesó una verdadera travesía en el desierto, el Valencia ganó dos títulos ligueros y en Europa, salvo el año de la volea de Zizou, el Madrid se topó con equipos que, como el Valencia, no aunaban tal elenco de estrellas (Bayern o Juventus) pero sí gozaban de un entramado colectivo mucho más potente, trabajado y compensado que, a la hora de la verdad, se acababa imponiendo.

 

 

La radicalización del modelo y su colapso se evidenció en la temporada 2003-2004. Todas las estrellas blancas estaban bajo el mandato de Carlos Queiroz, un técnico que debía modernizar y dar un nuevo impulso al equipo, decía Florentino. Quizás porque no se atrevía a confesar que, a diferencia de Del Bosque, un señor con cara de autobusero, el portugués era guapo, estaba perfectamente bronceado, lucía pelazo y era políglota, todas ellas cualidades siempre bien valoradas en cualquier mega producción hollywoodiense y en la Casa Blanca. Y todas las estrellas jugando siempre y a la vez, mientras el banquillo se vaciaba de jugadores de rotación de buen nivel y se llenaba de obreros de La Fábrica, de la cantera. El resto es historia: tras una gran primera vuelta, llegaron las comuniones y el equipo se cayó en la final de Copa contra el Zaragoza en Montjuïc, fue duramente eliminado -remontada incluida- por el modesto Mónaco de Morientes en Champions y registró la peor racha de derrotas consecutivas en Liga de su historia: perdió los 5 últimos partidos que disputó esa campaña.

El Madrid galáctico fue una ensoñación majestuosa. Tanto que, cuando jugábamos a la Play Station de la que antes os hablaba, mis amigos y yo vetábamos su elección porque escoger al Madrid era un abuso. Era jugar con ventaja. Pero, a efectos prácticos, no fue un equipo con una gran propuesta colectiva. Fue un equipo de chispazos, maravillosos, claro, pero de fogonazos, que no pudo imponer un ciclo dominante, pecó de soberbia, no supo hacer versátil a tiempo su propuesta y que alimentaba iras, envidias y recelos al mismo tiempo que marcaba el paso del fútbol que vendría: el entendido como producto global a explotar, el de la explotación compartida de los derechos de imagen de los jugadores o el de la explotación comercial de la marca en las interminables giras veraniegas. Explotar, decía, como concepto y como resumen de aquello. Florentino, la galaxia y su Big Bang.

 


Carlos Caso Sarmentero