Final de Atenas de 1994, la demolición del Dream Team

 

El «Dream Team» comandado por Johan Cruyff fue imparable a principios de los 90 en España, ganando cuatro títulos de la Liga española consecutivos entre 1990 y 1994. Durante este periodo también ganaron, por primera vez para el FC Barcelona, la Copa de Europa de 1992, derrotando a la Sampdoria en la final.

Con los misiles de Ronald Koeman, la visión de juego de Pep Guardiola, la magia ofensiva del binomio Michael Laudrup-Hristo Stoichkov y la precisión en el remate del goleador brasileño Romário (la guinda del pastel), aquel Barcelona parecía lo más cercano a la perfección posible en un campo de fútbol tras el mítico Milan de Arrigo Sacchi. Hasta que precisamente fue demolido por el propio AC Milan, en esta ocasión el de Fabio Capello, tras la marcha de Arrigo a la selección italiana.

 

 

Con sensatez, optó por no revolucionar el equipo, sino seguir construyéndolo sobre una base sólida. Con una defensa incorregible formada por Mauro Tassotti, Alessandro Costacurta, Franco Baresi y Paolo Maldini, respaldada por Sebastiano Rossi bajo el arco, los únicos retoques necesarios eran los de la delantera.

En sus tres primeras temporadas, Capello devolvió al Milan a la cima de la Serie A, al tiempo que introducía en su centro del campo al creador de juego Demetrio Albertini, al inteligente pelotero Zvonimir Boban y al potente recuperador de balones Marcel Desailly.

Sin embargo, a pesar de los éxitos nacionales de sus tres primeras temporadas al frente del equipo, al principio fue incapaz de conseguir títulos continentales. En 1993, tras llegar a la final de la Liga de Campeones, el Milan quedó subcampeón tras perder por 1-0 ante el Marsella.

Un año más tarde, el equipo tuvo la oportunidad de mejorar su posición, tras superar al Oporto, el Anderlecht, el Werder Bremen y el Mónaco, y alcanzar su segunda final consecutiva. Pero en su camino se interpuso Cruyff y su equipo de ensueño. El Milan de Capello, por muy bueno que fuera, no era el favorito.

 

 

«La prensa, especialmente los medios de comunicación extranjeros, no nos daban ninguna esperanza», dijo Maldini. Sus palabras parecían haber salido directamente de la boca de Capello, ya que se trataba de un énfasis claro en la necesidad de asfixiar al adversario. Y eso es exactamente lo que hizo el Milan esta noche.

El 18 de mayo de 1994, el Milan entró en el Estadio Olímpico de Atenas sin varios jugadores fundamentales. El capitán Baresi estaba suspendido, al igual que su compañero en la defensa central, Costacurta. Gianluigi Lentini, que había sido comprado por 13 millones de libras, era entonces el jugador más caro del mundo, estaba lesionado. Se unió a Marco van Basten en el banquillo, y la ausencia del letal rematador holandés fue el doloroso resultado de una recurrente lesión de tobillo.

 

 

Capello, que no se deja perturbar por este tipo de problemas, echó mano de su cuaderno táctico y reunió con astucia a su equipo improvisado.

El experimentado central Filippo Galli sustituyó a Costacurta, mientras que Maldini fue desplazado del lateral izquierdo para que su antigua posición fuera asumida por Christian Panucci. Mientras tanto, en la delantera, Capello hizo sitio a Dejan Savicevic.

La relación entre Capello y Savicevic había sido muy difícil. De hecho, Capello dijo en una entrevista, según el libro Capello: The Man Behind England’s World Cup Dream, de Gabriele Marcotti «Sin duda, Savicevic es el jugador con el que más broncas he tenido. Apenas entrenaba, apenas trabajaba. Y, cuando estaba en el campo, todos los demás tenían que trabajar el doble para compensarle. Pero tenía un talento excepcional. Y lo convertimos en una superestrella».

 

 

Contra el Barcelona, el montenegrino disfrutó del papel libre que le dio su entrenador, causando estragos con sus movimientos, su control y sus sublimes regates. De hecho, Cruyff podría haber visto algo de sí mismo en esa actuación.

Capello preparó a su equipo para contraatacar con velocidad e inmediatez y para presionar solamente cuando el Barcelona amenazara con sobrepasar la línea de medio campo. Desailly cubrió a Albertini para presionar a Guardiola, mientras que los centrocampistas de banda del Milan, Boban y Roberto Donadoni, subieron para marcar a los laterales.

 

 

Fue esta presión la que condujo al primer gol en el minuto 22, cuando Boban superó a Sergi Barjuán, el lateral izquierdo del Barcelona esa noche, en un balón suelto. Savicevic se encontró con la posesión del balón y, tras dejar a Miguel Nadal en el suelo, se dirigió hacia la portería antes de disparar a través del área pequeña para que Daniele Massaro tocara a puerta vacía.

Con una ventaja que mantener, el Milan continuó con su planteamiento basado en las transiciones. Sin embargo, cuando se acercaba el descanso, marcaron uno de los mejores goles de equipo vistos en una gran final.

Comenzó con un balón largo en diagonal de Galli a, lo han adivinado, Savicevic. Tras desplazarse por la derecha, se adentró en el espacio que había creado gracias a una combinación con Boban. Atrayendo a tres jugadores del Barcelona hacia él, dio un taconazo a Boban, que a su vez jugó otro uno-dos, esta vez con Tassotti, que avanzaba.

A continuación, un balón cruzado a Donadoni y, tras superar a su hombre, el extremo italiano se adentró en el área penal. Savicevic se lanzó hacia el primer palo, arrastrando a Guardiola con él y dejando espacio para Massaro, que estaba más cerca del borde del área. El delantero recibió el balón y disparó de primeras para superar a Andoni Zubizarreta y entrar en la red.

Si el primer gol del Milan ejemplificó la estrategia de contraataque de Capello, el segundo fue un retrato del fútbol colectivo fluido del que su equipo sigue siendo capaz cuando las circunstancias lo permiten.

Sin embargo, el tercero, que llegó a los dos minutos de la segunda parte, fue pura genialidad individual.

Savicevic, aprovechando una indecisión defensiva de Nadal, miró hacia arriba y vio al portero del Barcelona, Andoni Zubizarreta, fuera de su línea. Y, a pesar de estar situado en un ángulo agudo con respecto a la portería y justo al lado del área penal, Savicevic decidió lanzar al desprevenido español en la mayor muestra de su audacia. Lo consiguió, y el partido estaba prácticamente ganado.

Desailly añadió un cuarto gol en el minuto 58, ganando el balón y atravesando dos capas de la desilusionada defensa del Barcelona antes de meter el balón por la escuadra.

A lo largo de aquel espectáculo (pesadilla para los culés), Capello observó con su característico rostro severo, alterándose solo para imponer órdenes a sus jugadores. En cada gol, se resistió a los gritos y a los abrazos, manteniendo las manos firmemente en los bolsillos. Ese era su estilo, impasible.

Pero para el cuarto gol se permitió la más mínima sonrisa. Lo había marcado Desailly, el infatigable destructor que había llegado para apuntalar el centro del campo del Milan. Ver al francés marcar fue quizás, aunque sea en pequeña medida, una especie de validación de sus métodos.

 

 

El Dream Team de Cruyff había terminado, había sido demolido. No habría más títulos y Cruyff dejaría el equipo en 1996, para dar paso al Barça de Bobby Robson y Ronaldo. Pero este Milan era innegablemente el de Capello, y había conquistado Europa. Para ellos, la inmortalidad futbolística fue conquistada en la mítica Atenas.

 

 


Paola Murrandi

 

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