Eurocopa 2004 de Portugal, la gran epopeya griega

 

Una de las selecciones más discretas y más débiles de la historia de la Eurocopa. El fútbol moderno no recuerda un campeonato tan extraño e irregular como el suyo, tras clasificarse como uno de los combinados más inocentes, llegaba a Portugal sin ninguna superestrella una selección capaz de llegar a su segunda competición europea de su historia y ganarla.

Si analizamos cada una de aquellas eliminatorias, quedaremos absortos a algo que no se había visto en mucho tiempo: una lista de casualidades y oportunismos que los helenos supieron jugar muy bien. La prensa catalogó aquel triunfo de “milagro” y “épica”, tratandolos de “héroes” al derrotar a toda una Portugal con: Figo, Deco o un joven Cristiano Ronaldo.

Su entrenador, Otto Rehhagel, tomó las riendas del combinado teutón tres años atrás, cuando disputaron el Mundial de 2002, con una de sus peores participaciones que se recuerdan. Los griegos encajaron ni más ni menos que 17 goles en 8 encuentros, únicamente 3 más que el colista del grupo, Albania. De aquel campeonato solo se les recuerda por su derrota ante Inglaterra con un trallazo de falta de David Becham, con el que fueron prácticamente eliminados.

 

 

Visto el panorama, su seleccionador tuvo claro que para presentar una mínima amenaza, lo primero que tenía que hacer era blindar la defensa. El alemán había entrenado a equipos de nivel como el Bayern de Munich y Borussia Dortmund. Sin embargo, su fama no amortiguó su trayectoria y era considerado como un técnico de vieja escuela con sus sistemas tácticos anticuados.

Rehhagel trató de convertir a su equipo en un grupo duro y disciplinado. Pese a los muchos defectos que todavía se le escapaban, por cuestiones obvias como la falta de nivel de sus jugadores, se clasificaron para la Eurocopa de 2004, en una fase de clasificación en la que acabó primera de grupo, por delante de España. Ganaron seis de los ocho partidos, encajando solo 8 goles y derrotando al conjunto español, entre otros.

El equipo sabía a lo que jugaba y que era lo que necesitaba en cada momento. De ese grupo se formó un bloque unido en el que no llegaba a destacar ningún jugador por encima de otro. No precisaban una técnica vistosa ni una forma física envidiable, pero eran inteligentes posicionalmente y se armaban muy bien tanto en ataque como en defensa.

 

 

Era un equipo que defendía en su propio cambio, encerrados abajo, dejando muchos metros para su rival y esperándolos en su propio campo para salir como balas al contraataque y marcar las que tuvieran. Una formación que acumulaba mucha gente entre el medio del campo y la defensa, para salir en bloque con las líneas muy juntas y aprovechar la jugada de segunda línea como un recurso habitual en el equipo. El delantero titular, Charisteas, era el que bailaba con la más fea. Se tenía que pelear con la pareja de centrales rival, para aguantar el balón, estirar el campo y fijar a los centrales con él. Conservar la portería a cero era una de sus premisas en cada partido que jugaban. Una defensa férrea, numantina con cuatro o cinco hombres dependiendo del rival o de la situación del partido, pero con varios hombres claves como el de: Seitaridis, Fyssas y Dellas.

 

 

Otro de los nombres propios de aquella generación fue el de Zagorakis y su fiel escudero, Basinas. Ambos compartían un doble pivote para sostener al equipo y ejercer como columna vertebral para aguantar al bloque entero. Basinas era más defensivo, un perfil de jugador que lo hacía por delante de los centrales, dando ayudas y salida a la pelota mientras que el otro, Zagorakis, jugaba más líbero, era más ágil, para llevar el balón hacia arriba. La siguiente línea la solían ocupar otros tres fijos como: Katsouranis, escorado a la derecha y Giannakopoulos, con buen golpeo de balón y buen uno contra uno, respectivamente. La imaginación y el desparpajo sobre el verde, pasaba por las botas de Karagounis. Un jugador que actuaba como mediapunta, y que poseía el mejor toque que el resto de sus compañeros.

 

 

Grecia que llegó como cabeza de serie de su grupo a la Eurocopa, tras su trabajada y a la par que sorprendente clasificación, se emparejó en el grupo A con equipos de la talla de Portugal, quienes se reencontraron en la final, España y Rusia. Su presentación en el torneo era el fácil símil de ser la cenicienta del grupo, pero la etiqueta tardó poco en desaparecer debido a su gran nivel mostrado desde el primer partido, derrotando a la anfitriona Portugal por 1-2 con goles de Karagounis y Basinas. El gol de los portugueses lo haría un jovencísimo Cristiano Ronaldo en los últimos minutos del encuentro.

Aunque esa victoria supo a poco, ya que fue la única que cosecharon, en la fase de grupos y vivir una agónica clasificación para la siguiente ronda. En los siguientes partidos, empataron contra España y perdieron ante Rusia. Todo y los resultados, les valió los cuatro puntos cosechados para pasar a cuartos y dejar a España en el camino. Pasaron como segundos de grupo y su siguiente rival era Francia. Una selección inmersa en un proceso de cambios tras sus éxitos en el Mundial de Francia 98’ y la Eurocopa de Holanda y Bélgica en el 2000, pero con una carta de presentación envidiable como Henry, Zidane o Makelele.

 

 

Aquella eliminatoria fue de lo más previsible, pero con un resultado inaudito. Grecia supo aprovechar sus ocasiones y materializó las oportunidades que les dejaron los galos. Jacques Santini, seleccionador francés, planteó un partido justo para los esfuerzos de sus jugadores. A pesar de ganarles la posesión no fueron capaces de traspasar la portería defendida por Nikopolidis, muy serio durante todo el encuentro. El rival se atragantaba una y otra vez con el muro heleno y las oportunidades se le esfumaban. El castigo fue más contundente cuando en la segunda parte, cerca del minuto sesenta y cinco, Charisteas cabeceaba al fondo de las mallas, un balón botado por Zagorakis. Ese gol en contra en el marcador difuminó la motivación del combinado francés y los hundió, para que contra todo pronóstico, Grecia fuera un equipo de semifinales. Era la primera ocasión en la que un mismo equipo derrotaba al anfitrión y al ganador de la edición anterior en el mismo torneo.

En semifinales esperaba la República Checa, una de las mejores selecciones del torneo y otro combinado a tener en cuenta con grandes estrellas internacionales como: Nedved, Rosicki o Baros, el máximo goleador del torneo con cinco tantos anotados. El conjunto checo no había concedido un solo punto a sus rivales y llegaba a la cita invicto en el torneo. Pero si para Francia había sido imposible llegar a batir la zaga de Rehhagel los checos sufrieron demasiado, tanto que el partido acabó yéndose a la prórroga, en un partido en el que los griegos cada vez estaban más cómodos con ese empate a cero y el partido igualado. Tanto que a pocos minutos de empezar la prórroga, Dellas a centro de Karagounis en un saque de esquina, se vestiría de héroe para llevar a su equipo a la gran final.

 

 

En aquella final, Grecia, partía como el equipo menor. Además lo hacía en casa del rival y anfitrión del torneo. El país luso estaba volcado con su selección, querían a toda costa el trofeo. De aquella Portugal destacaban grandes nombres como el de: Luis Figo, Ricardo Carvalho o Deco. El partido no iba a ser el mismo inaugural que hicieron en fase de grupos. Sino que los de Scolari ya habían madurado durante todo el torneo y querían llevarse la copa. Por aquel entonces, Cristiano Ronaldo, ya empezaba a destacar como uno de los mejores jugadores jóvenes del momento.

Los griegos se presentaron al encuentro con una baja sensible tras la sanción por acumulación de tarjetas a Karagounis. De modo que el técnico griego tuvo que cambiar de sistema, alineando a otro jugador menos habitual como era Vryzas, quién años más tarde dejaría un buen recuerdo en el fútbol español. La propuesta de ambos técnicos era clara, ir a por el partido, aguantar abajo y salir al contragolpe a por el partido.

Para beneficio griego las amenazas en punta de ataque de Portugal, Pauleta y Nuno Gomes, no eran muy fiables ni para la propia afición a los que ponían en duda constantemente. La amenaza lusa llegaba de las botas de Figo, imparable durante todo el partido pero poco acertado en la  conexión con sus compañeros. Maniche también lo intentaba de lejos, pero sus disparos los repelía una y otra vez el arquero heleno.

 

 

Grecia ya sabía a lo que jugaba, lo llevaba haciendo durante todo el campeonato y el resultado le funcionaría una vez más. Esperaron su momento, su ocasión y la suerte y las oportunidades cayeron de su lado. Otra vez en la segunda mitad, y en otra jugada a balón parado en un córner tirado por Basinas, lo acababa rematando Charisteas, que significaba el único tanto del encuentro.

Aquel partido sería recordado como un hito histórico. Las lágrimas de Cristiano Ronaldo y de toda Portugal, todavía se recuerdan. Fue la tarde en la que un grupo de jugadores que nadie daba un duro por ellos, supieron competir y arrebatarles la final a equipos de una mayor calidad. Pero no solo basta con tener calidad, sino que el trabajo es esencial en cada momento de la competición y así lo supo gestionar Grecia, gracias a una magnífica gestión de su seleccionador Rehhagel.

La resaca de aquella Eurocopa tuvo la recompensa en aquel grupo humano de jugadores. Dellas se marchó a Italia dónde militó en el Perugia y la A.S Roma, Zagorakis, además de ser nombrado jugador del torneo seguiría los pasos de su compañero hasta Italia para recalar en Bolonia y Charisteas también decidió cambiar de aires: Werder Bremen por el Ajax. Ninguno de ellos le serviría para triunfar y relanzar sus carreras, pero fue uno de los mejores momentos de su carrera, demostrando el carácter griego. Katsouranis y Karagounis, fueron los mejores posicionados viviendo sus respectivas aventuras en clubes como: el Panathinaikos, el primero, volviendo de esta forma a su país, y el segundo recaló en equipos como el Inter de Milán y el Benfica.

 

 

El arquero Nikopolidis defendió la portería del Olympiacos durante siete temporadas más, consolidándose como un héroe y uno de los fijos en la selección y su entrenador Otto Rehhagel, siguió ligado al combinado griego hasta el 2011, cuando decidió emprender nuevos retos.

Desde aquel triunfo en la Eurocopa de 2004 el país ha conseguido clasificarse para las siguientes ediciones y competir en la copa Confederaciones de 2005, en la que su consistencia no fue tan exigente y perdió dos de los tres partidos que disputó. En los siguientes campeonatos, ya no se volvió a clasificar hasta la Eurocopa de 2008 en la que perdió sus tres partidos de fase de grupos, y no pudo defender el título como campeón de la edición anterior, un hecho que no se había dado hasta entonces. En 2010 lograron clasificarse para su primer mundial, pero no pasaron de fase grupos y en la Eurocopa 2012 repitieron su participación en unos cuartos de final, pero sin éxito ante una Alemania invicta. En 2014 repitieron otro hito, pero sin trascender mucho más allá, llegando a los octavos de final del mundial.

Este es el palmarés de toda la trayectoria griega en su participación en competiciones internacionales, que más allá de aquella histórica y excelente Eurocopa de 2004 no han vuelto a conseguir un reto mayor. Un triunfo que todavía se recuerda como inexplicable a la par que esperanzador, en equipos de los que no se espera nada y que acaban sorprendiendo al aficionado del fútbol de una forma bárbara.

 

 


Álvaro Ramírez