Carlos Henrique Raposo “Kaiser”, el falso nueve

 

Carlos Henrique Raposo, conocido futbolísticamente como el “Kaiser”, nació en Río de Janeiro el 2 de abril de 1963. De familia humilde tuvo una juventud de “buscavidas”, consiguendo mantener una vida social muy por encima a la que condición económica le permitía. Desde 1983, con apenas veinte años, alternaba por los clubes nocturnos más selectos de la ciudad, donde consiguió hacer amistad con gente de cierta relevancia mediática, entre ellos algunos futbolistas que acabaron convirtiéndose “cómplices” de sus “hazañas”, especialmente el ex futbolista del Real Madrid, Ricardo Rocha y Renato Gaúcho.

En 1986, con veintitrés años, el brasileño comenzó a formar su camino como futbolista profesional. Para ello contó con la inestimable ayuda de un representante con pocos escrúpulos, al que conoció por medio de los jugadores antes citados: Mauricio de Oliveira Anastácio, que fuera también un icono del Botafogo en sus días. Con sus influencias en el club brasileño y las falsas crónicas deportivas aportadas, entrevistas compradas, sobornos a periodistas en diarios deportivos en los que se relataban supuestos éxitos en distintos equipos amateurs, consigue fichar por el prestigioso Botafogo, a la edad de veintitrés años, sin haber dado una patada a un balón como futbolista de equipo alguno.

 

 

Fue el propio de Oliveira quien le buscó su apodo: “de ahora en adelante serás el “Kaiser” y tu posición será la de delantero centro”.  Su supuesto parecido con Beckenbauer y la necesidad de los clubes de buscar goleadores dieron pie a la elección. Se inventaron un currículum y para ello buscaron entre los equipos amateurs brasileños a un par de jugadores con el mismo nombre, que habían tenido números aceptables en ligas menores cariocas, pero fueron mucho más allá.

El “Kaiser”, además, fingió haber formado parte de la plantilla del Independiente de Avellaneda que había ganado la Copa Libertadores y la Intercontinental en 1984, en la que sí jugó un futbolista llamado Carlos Enrique, lateral izquierdo del equipo argentino, que guardaba cierto parecido con el farsante brasileño. Incorporaron su éxito deportivo y sus fotos al currículum y en una época en la que no había internet, ni era fácil tampoco conseguir vídeos, el engaño coló.

Carlos Henrique Raposo “Kaiser” firmó un contrato por dos años con el club albinegro. Pero tocaba la parte más complicada, no sabía jugar y para ello tuvo que fingir lesión tras lesión desde el día de su primer entrenamiento, en el que se retiró al cuarto de hora con unas molestias y una baja que los médicos del club estimaron sería de veinte días, pero que finalmente duró meses.

 

El brasileño se hizo pasar por el argentino Carlos Enrique.

 

En una época en la que no existían las resonancias magnéticas era imposible diagnosticar ciertas lesiones. Y así pasó el tiempo, el Botafogo pensando que tenía una estrella en ciernes lesionada y el jugador fingiendo una lesión que se lo impedía, ante su desesperación por las supuestas ganas de debutar. Tras año y medio en el club, rescindió su contrato sin haber disputado un solo encuentro y fichó por otro grande del fútbol brasileño, recomendado por su amigo Renato Gaúcho: el Flamengo. El propio Gaúcho explica que “éramos jóvenes, muy inconscientes y no nos dábamos cuenta del daño que hacíamos al club, solo pensaba en ayudar a un amigo y no en el engaño para los directivos”.

 

Renato Gaúcho y el Kaiser de fiesta.

 

Ricardo Rocha, con quien también compartió vestuario lo definía en términos semejantes: “era un gran amigo, una excelente persona, pero no sabía jugar ni a las cartas, tenía un problema con el balón, pero una gran picardía y mucha simpatía. Si el balón iba para la derecha, él procuraba irse a la izquierda, y si la pelota iba a la izquierda, siempre estaba en la derecha, luego se quejaba de que no le llegaban balones y al poco sentía molestias físicas que le obligaban a abandonar el entrenamiento y su lesión duraba meses”.

Pero en el Flamengo fue descubierto por el preparador físico, Ronaldo Torres. El jugador fingía hablar con supuestos representantes o directivos de clubes europeos en inglés, idioma del que no tenía ni la más remota idea. Lo hacía con un teléfono portátil, el antecesor del actual móvil, algo que era una excentricidad en la época, y hablaba de forma que lo escuchara gente del club, con el objetivo final de darse importancia y justificar su fichaje con un supuesto interés de clubes extranjeros. Pero Torres hablaba inglés, había residido en los Estados Unidos, y observó estupefacto cómo el “Kaiser” alternaba sus “yes, sir”, con una jerga incomprensible salpicada de “of course” y “all right”, y allí comenzaron a sospechar del jugador y de todo lo que le rodeaba, lesiones incluidas. Al finalizar la temporada, lógicamente, abandonó el club sin haber disputado un solo minuto, pero, eso sí, cobrando íntegramente su contrato.

Tras dos años y medio perteneciendo a dos de los clubes más importantes de Brasil, su representante comprendió que su curriculum le permitía dar, por fin, el salto internacional. Una nueva entrevista comprada en la más prestigiosa revista de fútbol brasileña ayudó a dar el paso para fichar por el Puebla mexicano. Sus supuestos títulos con el Independiente de Avellaneda y su estancia en clubes de primer nivel en Brasil, hicieron que fuera fácil “colocarle” en el extranjero. Firmó dos años por el Puebla, aunque solo estuvo una única temporada, tan solo disputó algunos minutos en un par de encuentros amistosos y no llegó a jugar partido oficial alguno, rescindiendo su contrato al término del primer año.

 

 

“Kaiser” continuaba sin jugar minuto alguno en encuentros oficiales, pero eso no era obstáculo para seguir firmando contratos y ganando dinero como si de un futbolista de primer nivel se tratara. Y apareció un nuevo club: El Paso Patriots de Estados Unidos, donde firmó un contrato por seis meses, periodo que pasó íntegramente lesionado. Tras su aventura internacional volvió a Brasil donde el Bangú le ofreció un buen contrato. Comenzó, como había hecho en los otros conjuntos, fingiendo lesiones, pero de Andrade, su entrenador, era un hombre de carácter y le advirtió que, si no estaba disponible para jugar, pediría la rescisión de forma inmediata de su contrato y no cobraría lo pactado por su bajo rendimiento. Así que, contra el Coritiba, “Kaiser”, por fin, fue convocado. El Bangú perdía 2 a 0 ya a la media hora de partido, y de Andrade reclamó su presencia, que calentara, que debía sacar otro hombre de ataque para tratar de recortar diferencias.

Comencé a calentar y vi que algunos hinchas estaban insultando al equipo de atrás del alambrado. salté el cerco y fui a pelearme con ellos. Me expulsaron antes de entrar”. Aquella fue la maniobra que encontró para continuar con su mentira.  En el descanso, el entrenador bajó a los vestuarios furioso a recriminarle la expulsión, pero Kaiser tenía salida para todo: “Antes que diga cualquier cosa, Dios me dio un padre biológico y luego me dio otro deportivo, usted. Así que nunca voy a permitir que los hinchas digan que mi padre es un ladrón, ni que es un bastardo y eso es lo que dijeron los hinchas de usted y eso no lo puedo tolerar”. Así que el míster, emocionado y agradecido, acabó por fundirse con el falso nueve -nunca mejor dicho- en un fuerte abrazo y solicitó al club la renovación de tan fiel jugador.

 

 

En el Bangú jugó, además, su primer partido oficial de su carrera, fue en casa, disputó los últimos diez minutos, con una escasísima participación que terminó con una lesión que le apartó del equipo durante más de tres meses. Tras dos temporadas y diez minutos disputados, abandonó el club lamentando la mala suerte que había tenido con las lesiones “que no le habían permitido dar a la afición los goles que se merecían”.

Y tras el conjunto brasileño llegó el sueño de muchos futbolistas latinoamericanos: jugar en Europa, En 1990 fue fichado por dos temporadas por el GFC Ajaccio, de la Segunda División francesa. La presentación causó enorme expectación entre los aficionados. Cientos de ellos ocupaban las gradas del estadio y medio centenar de balones y otros tantos fotógrafos y camarógrafos esperaban que saltara al cambio luciendo los colores locales, azulgranas, y diera unos toques al balón para mostrar un poco su depurada técnica. Ante tal tesitura y compromiso, “Kaiser” optó por fingir no comprender lo que debía hacer, fue cogiendo los balones y lanzándoselos a los aficionados, uno a uno, después se besó el escudo de la camiseta repetidas veces, mientras la afición coreaba su nombre.

 

 

Se había vuelto a librar de una difícil situación para un hombre que difícilmente sabía dar más de dos toques a un balón. Los hinchas enloquecieron y los dirigentes se llevaban las manos a la cabeza, cincuenta balones regalados para una afición entregada a su nueva “figura”. Y tras pasar buena parte de la pretemporada con sus recurrentes lesiones, fue convocado, e incluido como titular en la segunda jornada liguera. Y sin apenas tocar el balón se ganó de nuevo a la afición gala.

A los veinte minutos sufrió una lesión, se tiró varias veces al terreno de juego, se arrastraba y se tocaba la pierna con evidente gesto de dolor, mientras cojeaba ostensiblemente. El entrenador pidió el cambió, pero él se negaba a salir, como explicó después “por amor a la camiseta”. Finalmente fue convencido y abandonó el terreno entre llantos y los aplausos de un agradecido público puesto en pie en honor del entregado y desafortunado jugador. No volvió a vestir la camiseta del club francés, la misteriosa lesión le duró el resto de la temporada, aunque los médicos del club eran incapaces de detectarla.

 

 

Tras su paso por Francia, que finalmente se redujo a un único curso, aunque cobró los dos que había firmado, retornó a Brasil, donde jugó en diferentes equipos, algunos de mucho renombre: Vasco da Gama, Fluminense (donde tuvo presencia en cinco encuentros en los dos años que permaneció en el club), Palmeiras, América y Guaraní.

Dieciséis años de carrera como futbolista profesional y tan solo siete partidos oficiales -ninguno completo- disputados (uno con el Bangú, otro con el GFC Ajaccio y cinco con el Fluminense), además de una quincena de amistosos.

A los treinta y ocho años colgó las botas, tras haber pertenecido a once clubes profesionales y no haber logrado ni un solo gol, ni siquiera una sola asistencia; ese fue el bagaje de el “Kaiser“, “el falso nueve”.

 

 


Frichu Yustas
@Fritzyustas