viernes, septiembre 30, 2022

La Brasil campeona del Mundial de Estados Unidos de 1994

La Brasil del Mundial de Estados Unidos de 1994 fue una de las selecciones campeonas más criticadas de la historia por los planteamientos tácticos conservadores de su técnico Carlos Alberto Parreira. Aquel combinado estaba formado por un perfecto equilibrio entre artistas y obreros con nombres como los de Cláudio Taffarel, Jorginho, Mauro Silva, Bebeto, Dunga, Zinho, Raí, Romário, Aldair, Cafú, Márcio Santos, Leonardo, Mazinho, Viola o Müller.

Fuera se quedaron jugadores como Roberto Carlos, Edmundo, Evair, Mozer, Ricardo Gomes, Válber o Rivaldo por decisión técnica; y tras un accidente mortal, la gran esperanza del fútbol brasileño de aquel entonces, Déner, que fue sustituido por un jovencísimo Ronaldo.

Su mayor arma fue la dupla formada por Bebeto y Romário, que en 23 encuentros jugando juntos a lo largo de su carrera no perdería ni uno de ellos (17 victorias y seis empates). Los dos arietes, pese a sus diferencias fuera del terreno de juego, materializaron 33 tantos juntos, ocho de los cuales fueron anotados en Estados Unidos el verano de 1994.

 

 

La elección del cuerpo técnico

Ricardo Teixeira, yerno del jefe de la FIFA, Joao Havelange, y presidente de la Federación Brasileña de Fútbol (CBF), decidieron recuperar al dúo que había sido el artífice de la victoria en el Mundial de 1970, esta vez con Parreira como seleccionador (en 1970 era uno de los médicos del equipo) y Mario Zagallo, el antiguo seleccionador, como coordinador técnico. Pero esta vez, la victoria era lo único que importaba.

 

 

Carlos Alberto Parreira tenía un enfoque erudito del juego, y no era un secreto que envidiaba la disciplina y la organización táctica de los mejores equipos europeos. Sin embargo, hasta el 94 no se había cubierto de gloria: su único gran título fue el campeonato brasileño de 1984, ganado con el Fluminense. La mayor parte de la década siguiente la pasó trabajando para los petrodólares en Arabia Saudí, Qatar, Kuwait y Emiratos Árabes Unidos, antes de regresar a Brasil para entrenar al modesto Bragantino.

Sin embargo, era un hombre inteligente, trabajador, bien preparado y lector compulsivo de periódicos y revistas de fútbol extranjeras. Metódico y conservador, Parreira creía que la mejor forma de defender era la defensa. En una cultura que glorifica el juego ofensivo, no es de extrañar que encontrara oposición desde el primer día.

Pero era un hombre con una misión, como recuerda su amigo Zagallo. «Pasamos por muchas cosas. La gente protestó, diciendo que no era el verdadero fútbol brasileño. Pero nosotros sabíamos lo que hacíamos: estábamos construyendo un equipo sólido y competitivo, no para entretener, sino para ganar el Mundial».

 

 

La fase de clasificación

Para lograr la clasificación para el Mundial de Estados Unidos de 1994, Parreira apostó por los jugadores más experimentados del momento, incluido, para desesperación del público, Carlos Caetano Bledorn Verri, conocido como Dunga. En aquel momento, el centrocampista era el gran repudiado del fútbol brasileño de élite tras su decepcionante paso por la Fiorentina y el descenso con el Pescara a la Serie B, con posterior migración a la Bundesliga con el  Stuttgart. Además de ser considerado por la afición canarinha como el gran culpable de la derrota contra Argentina en el Mundial de Italia de 1990.

La nueva etapa de Dunga en la absoluta amarelha arrancó el julio de 1993, con el inicio de las eliminatorias para el Mundial, y al principio parecía una triste repetición del fiasco de Lazzaroni. En los dos primeros partidos, Brasil empató con Ecuador y perdió con Bolivia, lo que supuso la primera derrota de la selección en una fase de clasificación para el Mundial, tras 32 partidos.

 

 

En los once meses previos al Mundial de Estados Unidos de 1994, en sendos amistosos de preparación también empataría frente a un México en horas bajas (y además en casa) y Canadá. La prensa masacró a los mal llamados «Dinosaurios de Parreira». Jugando en un previsible 4-4-2 y con una necesidad desesperada de inspiración de dos de sus dos motores creativos, Raí y Zinho, que estaban rindiendo por debajo de lo esperado. Brasil necesitaba un atacante que pudiera hacer por sí solo lo que los otros 10 jugadores sobre el campo no podían hacer entre ellos. Afortunadamente, Brasil lo tenía: Romário.

El problema era que Parreira y Zagallo se habían empeñado en dejarlo fuera de la selección por motivos disciplinarios. En diciembre de 1992, el delantero del PSV Eindhoven criticó al dúo por no alinearlo en un amistoso contra Alemania. «No puedo creer que haya venido desde Holanda para sentarme en el banquillo», dijo. «O baixinho» solo volvería en el último partido de clasificación como solución in extremis, contra Uruguay, en Maracaná. Como era de esperar, marcó los dos goles que sellaron el pase de Brasil al Mundial, y su billete para la fiesta en América.

 

 

4 años y dos meses habían transcurrido desde el último gol de Romário con los colores de su país hasta que firmó el doblete que evitó a los suyos una eliminación que hubiera sido inconcebible, sellando así su pasaporte para la aventura estadounidense. Después de marcar contra Venezuela en 1989, Romário había sido incapaz de anotar en seis partidos, y cumplió una sanción disciplinaria de otros 18 sin jugar.

«Es mi quinto Mundial. También fui a dos Juegos Olímpicos. Una socialité, un comediante o una estrella de rock no me van a decir lo que tengo que hacer. No voy a cambiar de opinión», así de rotundo era Parreira defendiendo sus polémicos planteamientos ante la prensa.

 

 

El triste contexto histórico previo a la cita mundialista

La tristeza se había apoderado como nunca de Brasil el 1 de mayo de 1994. El país estaba consternado por la trágica muerte de Ayrton Senna, y el gobierno llegó a declarar tres días de luto oficial en toda la nación. 58 días antes del comienzo de EE UU 1994, Senna efectuó el saque de honor de un partido amistoso entre la selección brasileña y un once del París Saint-Germain que incluía a Bixente Lizarazu, Assis (el hermano de Ronaldinho), David Ginola y George Weah. Cuando terminó, el triple campeón del mundo de Fórmula Uno fue a cenar con los brasileños. “Se dirigió a nosotros en grupo, y luego uno a uno, para darnos consejos y animarnos”, recuerda Taffarel. “Nos cautivó a todos, consiguió que tuviésemos fe”. Once días más tarde sobrevino la tragedia: Senna murió cuando marchaba en cabeza del Gran Premio de San Marino.

 

 

El combinado brasileño llevaba 24 años sin conquistar un Mundial, y el pesimismo en torno a sus posibilidades de homenajear al piloto con la consecución del máximo título en el ámbito de selecciones eran más una broma que una esperanza. Tan solo un 10 % de los brasileños creían que la Seleção ganaría aquel Mundial, según una encuesta llevada a cabo en São Paulo en vísperas del torneo. Los favoritos eran Alemania, Italia y los Países Bajos.

 

 

El Mundial de Estados Unidos de 1994

30 minutos es todo lo que Ronaldão, según contó, conseguiría dormir durante sus dos primeras noches en Estados Unidos. Y no debido a la notable diferencia horaria respecto a Japón, donde competía, ¡sino por los insoportables ronquidos de su compañero de habitación, ¡Ronaldo! “Nadie quería compartir habitación con él, roncaba tanto que era ensordecedor”, dijo el defensa, que se incorporó a última hora a la convocatoria brasileña. “Como yo fui el último en llegar, me lo endosaron a mí. Era algo increíble”.

Más allá de anécdotas como esta de «O fenômeno», que no llegó a debutar en el Mundial, 26 minutos es lo menos que tardó Brasil en marcar en Estados Unidos, el periodo más largo que necesitó una selección campeona del mundo para registrar un gol en uno de sus partidos. Hungría, subcampeona de Suiza 1954, anotó nada menos que once dianas en los primeros 25 minutos de sus seis partidos en aquella edición.

 

 

A pesar de ello, Brasil superó la fase de grupos con victorias fáciles contra dos equipos débiles, Rusia y Camerún, y un empate contra una decente selección sueca. Los octavos de final fueron una historia diferente, ya que la anfitriona, Estados Unidos, dio la batalla, casi literalmente, en el Día de la Independencia. Sin embargo, la calidad se impuso.

En un emocionante partido de cuartos de final contra Holanda, el «dinosaurio» Branco, que solamente estaba en el equipo después de que Leonardo fuera expulsado por un codazo a Tab Ramos, pasó de villano a héroe, al rematar un tiro libre desde muy lejos para lograr la victoria por 3-2. Aquel partido siempre será recordado por la mítica celebración de Bebeto, que había sido padre dos días antes. El ariete corrió al centro de la cancha y, entre Romário y Mazinho, hizo el gesto de acunar a su hijo recién nacido. «Lo mejor de todo es que fue totalmente espontáneo. Tras marcar el gol, pensé en mi mujer y en mi hijo. Entonces, decidí mandarle un mensaje, y hacer ante las cámaras el gesto de acunarlo. De pronto, llegan Romario y Mazinho y hacen lo mismo. Yo me sorprendí, no entendí nada… Nadie lo entendió, tampoco, hasta que yo expliqué todo en la rueda de prensa», recordó.

 

 

Pero en la semifinal, contra Suecia, su rival de grupo, se volvió a la rutina. Romário, de nuevo, marcó la diferencia, saltando por encima de todos los defensores, mucho más altos, para marcar de cabeza el gol de la victoria.

 

 

Y así se repitió la final de 1970 contra Italia. Bueno, más o menos. Mientras que Pelé, Rivelino, Jairzinho y Riva deslumbraron en México, esta vez ambos equipos se marchitaron bajo el sol californiano de la tarde, dos gigantes internacionales que parecían conformarse con un soporífero 0-0 y los penaltis.

Antes del partido, los 21 futbolistas brasileños estaban tirados en el suelo, riendo a carcajada suelta, en los vestuarios del Rose Bowl minutos antes de entrar en la cancha para jugar el partido más importante de sus vidas. Se habían tomado de la mano, y acababan de rezar justo antes de la final, cuando Ricardo Rocha, observando que la situación era tensa, quiso animar a sus compañeros. “Nos hemos esforzado, hemos llegado hasta aquí, hagamos lo mismo que esos japoneses, los Kawasakis”, gritó, confundiendo a los kamikazes, los famosos pilotos de la II Guerra Mundial, ¡con la empresa fabricante de motos!

En la primera tanda de penaltis de la historia de la Copa del Mundo, fue oportuno que Romário, Dunga y Branco marcaran para dar a Brasil el título, y cruel que Franco Baresi y Roberto Baggio enviaran sus lanzamientos a la grada.

 

El ataque frontal de Dunga a la prensa

Dunga, subía las escaleras del Rose Bowl de Pasadena, para unirse al selecto club de los capitanes campeones del mundo, como Carlos Alberto Torres, Bobby Moore, Franz Beckenbauer y otras leyendas. Con la medalla de oro ya colgada al cuello, y con el trofeo en sus manos, se dirigió a la marea de fotógrafos y levantó el trofeo por encima de su cabeza, gritando: «¡Esto es para vosotros, traidores! ¿Qué decís ahora? Vamos, haced las fotos, panda de hijos de puta traicioneros. Es para vosotros».

Aquel discurso lleno de rabia tras el asedio mediático sufrido, sentó muy mal a la mayoría de los brasileños por su vulgaridad. Pero en parte era justificable por la presión soportada por el capitán en todo momento. «Dunga era muy difícil. La gente se molestaba con él porque, cuando se quejaba, movía los brazos, entonces para los que miraban desde lejos parecía que estaba creando problemas entre nosotros y la hinchada… Los jugadores se ponían indignados», recordó Bebeto.

 

 

Pero después de 24 años de sequía, Brasil volvía a estar en la cima del mundo, y Carlos Alberto Parreira había conseguido su objetivo a pesar de las críticas del juego de su equipo. Todo fue perdonado, aunque con matices. Mientras que los combinados de 1958, 1962 y 1970 habían arrasado por su despliegue ofensivo, ganándose el epíteto de «reyes del fútbol», la clase del 94 era más propensa a provocar quejas entre los aficionados más exigentes. De hecho, para la mayoría de la prensa de la época, la Brasil del 94 era más que aburrida; jugaba al antifútbol, convirtiendo el bello juego en algo feo.

Aquel ataque de Dunga a los medios de comunicación, algunos presentes en Pasadena, otros en casa, demostró que el resentimiento era mutuo. Aunque también hubo tiempo para un gesto bello que quedará para la historia, cuando el capitán y sus compañeros desplegaron una pancarta con la frase: “Senna… aceleramos juntos, ¡el cuarto es nuestro!”.

 

 

Las celebraciones, y la paz

Parreira y su equipo dieron al país lo que quería, pero no como lo quería. La generación de Zico y Sócrates, que encarnaba el futebol arte, había fracasado en dos Mundiales en los años 80, dirigidos en ambos torneos por Tele Santana. Sin embargo, tras el nefasto reinado de Sebastiao Lazzaroni, que en Italia 90 supervisó la peor actuación de Brasil en un Mundial desde 1966, y el breve paso de Falcao, una leyenda del fútbol del 82, fue Santana quien el público quiso que volviera a dirigir.

La mayoría de los brasileños salieron a la calle a festejar como solamente los brasileños saben hacerlo, y los jugadores fueron recibidos como héroes con un desfile por las calles. Al fin y al cabo, se trataba de una victoria en la Copa del Mundo.

Johan Cruyff, entonces entrenador del Barcelona, escribió entonces: «El secreto del fútbol es mantener el control del balón para perseguir el gol. Solamente Brasil lo hacía. Seguro que podrían jugar más ofensivamente y con más belleza, pero hay momentos en los que hay que sacrificar el espectáculo.»

Incluso Romário adoptó el punto de vista pragmático. «Parreira tenía que ganar el Mundial, así que formó el equipo como quería. No es necesariamente el que nos gustaba a los aficionados o a mí, pero sirvió». Por su parte, Bebeto lo rememora así, «creo que lo más importante es que ingresamos a la historia. La selección de 1982 todos dicen que fue una maravilla. Pero ¿ganó? No, no ganó nada. No pasó de los cuartos de final. ¿Quiénes fueron los que ingresaron en la historia? Nosotros, los campeones mundiales. Eso, nadie nos lo sacará».