Bobby Robson

Bobby Robson, un verdadero caballero inglés

 

La forja de un valiente

¿Cuánta gente ha tenido esta oportunidad? Soy un afortunado”. La mirada de Robson siempre desconcertó: demasiado sabia para un joven, demasiado entusiasta para un sexagenario. Bobby Robson creció al noreste de Inglaterra, un lugar muy de actualidad por toda la comunidad futbolera estos días por el éxito de la serie de Netflix sobre el Sunderland, club de la zona.

 

 

Educado en el seno de una familia obrera, siendo su padre minero, Robson no perdió nunca de vista sus orígenes y el privilegio que suponía vivir su profesión. Un día cualquiera, al mediodía, en la mitad de un campo de entrenamiento adaptado entre una arboleda majestuosa, detuvo la sesión con sus chicos del PSV Eindhoven y les dijo: “Chicos, dejen de entrenar. Miren a su alrededor y contemplen la belleza del paisaje. Y recuerden que el hecho de estar aquí supone no tener que trabajar de 7 de la mañana a 17 de la tarde. Si así hubiera sido, no disfrutarían ahora de esto. Y ahora, continúen trabajando”.

Agnóstico y de ideas socialistas, el padre de Bobby le recomendó compaginar su primer contrato profesional como futbolista del Fulham con sus labores como electricista. Eso le suponía tener que entrenar tres días a la semana solamente, a diferencia de la mayoría de sus compañeros.

 

 

Aquel padre, como el resto de padres, quería lo mejor para su hijo, pero le estaba protegiendo de lo peor, por si acababa pasando. Bobby no era un chico más. Nunca lo fue porque siempre se propuso no serlo. El jugador inglés clásico, y por extensión el entrenador inglés clásico, siempre se movía en una cierta endogamia futbolística. Por eso Robson, siempre a contracorriente, decidió colgar las botas en el Vancouver Royals de Canadá en lugar de optar por un retiro local donde apurar las últimas patadas a la pelota. Además, él mismo decía que no podía desaprovechar la ocasión de conocer un nuevo lugar y una nueva cultura. Una pista del camino que emprendería más tarde también como entrenador.

El Robson entrenador

No fue Robson un niño prodigio. No consiguió rápido el éxito en sus inicios como entrenador y necesitó de la tenacidad propia del noreste de Inglaterra para acercarse a él. Absolutamente obsesionado con el fútbol, afirmó: “Entrenas, enseñas, hablas de tácticas. Una vez que empieza el partido no puedo ayudarles. Este es mi miedo, que de alguna forma salga mal”. Entre sus características como entrenador, cabría destacar su generosidad: invitó a presenciar sus métodos de entrenamiento a un joven Alex Ferguson, que en esos días empezaba su carrera en el Aberdeen escocés. Y lo hizo antes de un duelo europeo donde se enfrentaban. En esta misma línea, le dio poder a Mourinho como asistente tanto en Portugal como en España o delegó en un joven asistente de 16 años (Villas Boas) la dirección de los entrenamientos de su Oporto.

 

 

No obstante, este manejo del “otro fútbol”, de los intangibles, de la gestión psicológica del grupo, del equilibrismo de los egos de los jóvenes millonarios, influyó en gran medida en muchos de sus alumnos más aventajados, como Mourinho o Guardiola, que en múltiples ocasiones han reconocido la ascendencia de su figura.

 

 

Después de un intento fugaz y fracasado como míster del Fulham londinense, el Ipswich Town fue el primer club que le dio estabilidad y confianza para entrenar. Cogió las riendas de un equipo que nunca había ganado nada y le llevó a ganar la FA Cup ante el Arsenal en el año 1979. Dos años más tarde, alcanzó la gloria europea ganando la UEFA ante el AZ holandés. Bobby, entonces, ya tenía inaugurado el palmarés, la fama labrada y la credibilidad necesaria para afrontar los retos que le apetecieran.

Cumplió su sueño de ser seleccionador inglés. Y fracasó en un par de fases finales hasta el punto de presentar su renuncia en ambas ocasiones, las dos rechazadas por el presidente de la Federación Inglesa, Millichip. Y rozó, también, las mieles del triunfo en otras dos: los penaltis errados ante Alemania en Italia ’90 y, sobre todo, el histórico duelo perdido ante la enemiga Argentina en México ’86 con los dos goles de Maradona. Las dos supondrían el mejor resultado de Inglaterra en un Mundial desde que lo ganasen en 1966. “Está bien, el primero lo marcó con la mano, pero el segundo valió por dos”, afirmó Robson sobre el doblete del astro argentino.

De Erasmus por Europa

Su querida Inglaterra no era un lugar lo suficientemente grande para él y decidió ganar títulos en países tan dispares como Portugal -con el Oporto-, Holanda -con el PSV- o España -con el Barça-.

Robson se enamoró profundamente del FC Barcelona. Años antes de fichar por el club, lo visitó como entrenador del Ipswich Town. Se impresionó de la majestuosidad de la institución, de su masa social, de la importancia del fútbol en la cultura latina -a diferencia del resto de Europa donde existe una tradición más polideportiva-, de su clima, de su gente y de su gastronomía. Encima, escogió Sitges para vivir, que debe ser uno de los lugares más antagónicos a Durham, su condado natal, en todo el viejo continente.

El inglés vino con la promesa de quedarse, al menos, dos temporadas si las cosas iban bien. Y fueron bien. De la mano de un equipo con individualidades estelares entre las que destacaba el joven Ronaldo, lo ganó todo menos la Liga, seguramente por la ausencia del brasileño en los partidos finales.

 

 

El impacto de Ronaldo aquel año está considerado por muchos como el mejor año de un futbolista en la historia contemporánea de este deporte.

Robson ejerció siempre una figura protectora y paternalista entre sus pupilos: de igual forma que años antes como seleccionador inglés protegió al díscolo Gascoigne o años más tarde recondujo la carrera de Shearer en el Newcastle atemperando al jugador, aquel año dejó que Ronaldo ejerciera de joven carioca de 19 años fuera del campo y que dentro de él mezclase su insolencia con su potencial devastador para cautivar al mundo entero.

Después de obtener la Supercopa de España, la Copa del Rey y la Recopa de Europa, se anunció la llegada al Camp Nou de Van Gaal. El viejo Bobby lo sintió como una traición. Le prometieron algo que no cumplieron y se lo ocultaron hasta el final. Le vendieron que iniciaría un proyecto cuando, en realidad, iba a ser un entrenador-puente. Fue el paraguas en el que se escudó Núñez después de librar su guerra con Cruyff, el técnico que precedió a Robson. Núñez ejecutó su plan maestro: trajo al entrenador que tenía apalabrado desde antes, Van Gaal, y adelantó un año las elecciones previstas para 1998 con el objetivo de asegurarse su continuidad en la presidencia.

Profeta en su tierra

Después de su corto paso por Catalunya, Robson volvió a Inglaterra para, dos años después, ejercer de profeta en su tierra: rescató a un Newcastle en dificultades en 1999 y lo llevó por primera -y última- vez en su historia a jugar la Champions dos temporadas consecutivas. Pese a todo, acabó apuñalado a raíz de una serie de malos resultados, en lo que fue una de las decisiones más impopulares y criticadas en la historia del fútbol inglés reciente: fue destituido. Pero para él fue peor, él se sintió traicionado por el club que amaba desde niño. Por el club que amó por herencia paterna.

 

 

Ampliamente reconocido en vida, y a diferencia de otras culturas, como la española, donde existe una cierta tendencia destructiva alrededor de nuestras leyendas, Robson ostenta, entre muchos otros galardones, la Orden del Imperio Británico, la Orden del Mérito de la UEFA o decenas de edificaciones públicas o calles en diferentes lugares como su Durham natal, Newcastle o Ipswich, donde el segundo puente más grande de la ciudad lleva su nombre.

Golpeado desde principios de los 90 y hasta en cinco ocasiones por diferentes tipos de cáncer, enfermedad que acabaría derrotándole el año 2009, Robson se entregó al final de sus días a la fundación que lleva su nombre y que lucha contra la maldita enfermedad: más de 8 millones de libras recaudadas hasta el año 2015.

En una de sus últimas entrevistas le preguntaron por su vida, por su legado. Y contestó: “La única cosa de la que me arrepiento es no haberle podido dedicar más tiempo a mi familia, como las demás personas normales. Y por si alguna cosa quiero ser recordado no es por mi trayectoria deportiva, es por haber contribuido, a través de la Fundación, a mejorar el diagnóstico y la vida de personas con cáncer”.

 

“¿Cuánta gente ha tenido esta oportunidad? Soy un afortunado”.

 


Carlos Caso
@KarlosRCDE