domingo, diciembre 4, 2022

La batalla de Beverwijk, la cara indigna del Klassieker holandés.

 

En los 60’s el fútbol inglés vivió un cambio de paradigma. La irrupción de jóvenes fanáticos, a menudo violentos, en la atmósfera de los estadios fueron la semilla del movimiento hooligan. La lacra social fue en aumento y la marginalidad de la periferia encontraba su evasión en una rivalidad sacada de contexto entre clubes vecinos. Durante la década empezaron a ser habituales las peleas previas a los encuentros. A las ganas de acción propias de la actitud juvenil, se les sumó el interés que despertó el futbol en algunos movimientos sociales de tribus urbanas como Skinheads, Punks o Rude Boys, de modo que a la supuesta defensa y exaltación exagerada al honor de unos colores, se le sumaron también las de determinadas ideologías políticas. Maneras extremas de ver el mundo y la vida, a menudo antagónicas. Lejos de frenarse, durante las décadas venideras el movimiento fue en expansión y en todo el Continente Europeo, prácticamente cada club contaba con grupos que empezaron a ser reconocidos como Ultras. Conocida por la mayoría es la tragedia de Heysel, en 1985, durante la final de Copa de Europa disputada en el estadio de la capital belga.

Radicales del Liverpool asaltaron la grada donde se encontraban los de la Juventus provocando una avalancha que dejó la triste cifra de 39 muertos. En los Balcanes, muchos consideran el inicio de la guerra que significó la disolución de Yugoslavia, los prolegómenos de un encuentro que jamás llegó a disputarse por los graves altercados dentro del estadio entre aficionados Ultras serbios del Estrella Roja y croatas del Dinamo de Zagreb. En España o Italia, hay cientos de incidentes y varias muertes relacionadas con grupos de ideología extrema, sumamente violentos y afines a varios clubs del país. Lo mismo sucedió en Sud-América con la aparición de los Barra Brava, que en su vertiente más cruel dejan un rastro turbio de armas y asesinatos. Algo parecido ocurre en Rusia, un país en el que el hooliganismo se rige por un marco jurídico incomprensible que a menudo es utilizado para tratar con justificación muchas acciones xenófobas ejecutadas por Ultras. Violencia, racismo y fanatismo caracterizan la naturaleza social de clanes asociales en todo el planeta, algunos han llegando incluso a ser institucionalizados por los propios clubes y en algunos países la preocupación ha estado a la orden del día, utilizándose como una herramienta más de instrumentalización política.


Trasladémonos a los Países Bajos y situémonos a finales de 2019. Los insultos y mofas racistas que sufrió el jugador de origen guineano Ahmad Mendes, del Excelsior, en el partido de segunda división que enfrentaba al equipo de Rotterdam con el Den Bosch, acabaron con la interrupción del choque y la retirada a los vestuarios del futbolista visiblemente afectado. Todo el fútbol holandés se volcó en la necesidad de hacer una protesta visible y global que aunara a jugadores y aficionados. El fin de semana siguiente, el partido entre Ajax y Heracles que inauguraba la jornada en la Eredivisie, arrancó con los futbolistas de ambos conjuntos renunciando a disputar el balón durante el primer minuto de juego, algo que sucedió también en los demás partidos de la jornada, una imagen global que removió conciencias en todo el mundo y sobretodo en Holanda, donde no quieren oír hablar de un rebrote del hooliganismo más radical.

 

 

El país neerlandés vivió un auge importante de estos movimientos en los 90’s. La rivalidad histórica por la manera de entender la vida de los habitantes de dos de sus ciudades más importantes, se trasladó en 1921 a los terrenos de juego en los primeros enfrentamientos entre Ajax y Feyenoord, o lo que es lo mismo, Ámsterdam, la capital y considerada como una de las ciudades más bohemias del mundo, contra Rotterdam, la ciudad portuaria de clase trabajadora y motor económico del país. Los choques entre los dos gigantes holandeses fueron ganando intensidad con los años, pronto llegaron los primeros éxitos deportivos para ambos clubes y su existencia se convirtió en una carrera de fondo por mantener la hegemonía en la Eredivisie. El gran clásico holandés, conocido como «Klassieker», pasó a ser uno de los duelos de mayor rivalidad en Europa. Los hechos que ocurrían en estos derbis parecían vaticinar un fatídico desenlace con la aparición de las facciones Ultras a ambos lados. El Ajax es un club judío, dada la ubicación de su primer estadio en el propio barrio.

En los orígenes servía a sus habitantes como una de las distracciones y era considerado como el club del gueto de Amsterdam. Podemos imaginar que significó para muchos aficionados, jugadores y el club en general lo acontecido durante la Segunda Guerra Mundial, de modo que la sensibilidad que afectó a los descendientes del club capitalino, parece clara. Por el contrario, la brecha social que se abrió en las periferias de la Rotterdam más obrera, generó frustración entre sus jóvenes, que vieron en la radicalidad del fútbol su evasión, así como una seductora manera de descargar el odio acumulado contra los que consideraban tenían un trato de favor desde el panorama post holocaustico, los judíos de Amsterdam. No era extraño durante el «Klassieker» escuchar a seguidores del Feyenoord entonar el aterrador (Hamas, Hamas, judíos al gas…) o oírles hacer un zumbido con la boca, imitando la salida del gas asesino en las cámaras de los campos de exterminio. Una verdadera aberración, consignas tan ofensivas que alimentaban el odio recíproco y eternizaban el conflicto, la carnaza para la analogía del mundo ultra, dotándolo de un antagónico tinte extremista de difícil resolución.

 

 

La lista de provocaciones verbales y gestuales que precedieron altercados con la disputa del «Klassieker» en cada temporada es larga. En un contexto como el explicado, hay quien parece encontrar siempre motivos para encadenar un serial de absurdas venganzas, como la que culminó en una mayúscula trifulca que cambiaría la percepción del hooliganismo en el futbol holandés, esperemos que para siempre, el 23 de marzo de 1997. Esa tarde de la recién estrenada primavera se disputaba en Alkmaar un AZ-Feyenoord. Dada la proximidad de la bella ciudad con Amsterdam, a escasos 42 km, facciones Ultras del Ajax (F-Side) y Feyenoord (S.C.F.Hooligans) se citaron en una área de la autopista A-10, a unos 25km de la capital, para saldar cuentas a día de hoy desconocidas. La policía a pesar de haber detectado mensajes cruzados en la entonces precaria Internet y haber preparado un dispositivo para la ocasión, no llegó a tiempo para disuadir los hechos, ya que los organizadores de la pelea se las ingeniaron para ocultar el paradero exacto. Para la ocasión debían presentarse en el lugar 50 componentes de los dos grupos, pero los de Rotterdam se presentaron con 75. Como era de esperar los F-Side se lo tomaron como una traición, así que propusieron un nuevo encuentro y poder reclutar así a más depravados, cerca de aquella área en Beverwijk. A la nueva cita se presentaron más de 400 «personas» , pero la desigualdad creció y al sitio llegaron el doble de hooligans de los S.C.F. , que rodearon a los hinchas del Ajax. Lo acontecido estalló en una batalla campal sin precedentes, con palos, bates de beisbol, barras metálicas y puñales, un auténtico disparate que acabó con coches incendiados, más de treinta heridos varios de ellos graves por traumatismos o navajazos, y la muerte, por repetidos golpes en la cabeza, de Carlo Picornie, un veterano miembro semi-retirado de los F-Side del Ajax.

 



Aunque los hechos no se prolongaran demasiado tiempo, la policía relató en el posterior informe con 20 detenidos, que a su llegada al lugar se encontraron con una contundencia, intensidad y violencia sin precedentes, así como una desbandada en masa, a una velocidad a la que les fue imposible hacerse con el control de la situación, algo que haría replantearse seriamente los protocolos a seguir en este tipo de conflictos. Los hechos fueron condenados por los presidentes de ambos clubes, del mismo modo que los aficionados de Ajax y Feyenoord mostraron su más absoluto rechazo a lo ocurrido. Los entes políticos en sintonía con la federación del país, se pusieron a trabajar de inmediato en nuevas normativas que frenasen posibles actos de esta tipología. Para empezar los «Klassieker» de la temporada siguiente (97-98) se jugarían sin público, se endureció el control y la presión sobre este tipo de grupos, del mismo modo que legislaron penas para los delitos con una supuesta relación con el fútbol. Se prohibió además, la entrada y desplazamiento de afición rival a los estadios en toda Holanda hasta nuevo aviso. En 2009, volvió a haber un alzamiento del movimiento hooligan en el país neerlandés, a lo que aplicaron la misma medicina durante los siguientes 5 años.

Precisamente los hechos acontecidos con anterioridad, no hacen más que aumentar nuestra incredulidad cuando vemos cosas como las sucedidas en 2019 con Ahmad Mendes. No se trata de casos aislados, en España e Italia también hay racismo en los estadios cada fin de semana. Si bien es cierto que la mayoría de estas consignas salen de los sectores más fanatizados y próximos a determinadas ideologías totalitarias, también lo es que se escuchan comentarios ofensivos en cualquier parte de la grada. A menudo nos preguntamos cómo es posible que aún exista juventud afín a ciertas posiciones, es probable que la respuesta esté en la capacidad que tengamos entre todos de trasladar un mensaje de claro rechazo hacia ciertas actitudes y hacer que concuerde con lo que predicamos, quizás en ese sentido también deberíamos exigirle mucho más a la política y responsabilidad incondicional a sus actores. De poco sirve aplaudir actos solidarios como el que tuvo lugar en la Eredivisie, si no somos capaces de explicarle al prójimo que la pasión no tiene porque transformarse en fanatismo, que el ideal no tiene porque ser extremo y que el futbol es tan maravilloso, que no merece ser ensuciado por estructuras ajenas.

Que hechos tan desgraciados como los de Beverwijk no caigan en el olvido, es la memoria al fin y al cabo la encargada de trabajar para que no se repita, nosotros solo debemos comprometernos a mantenerla viva.

 


Oscar Flores Lopez
@Oscar_Fleurs