Romario cua de vaca al Real Madrid

[Relato] 8 de enero de 1994

 

Las vacaciones de Navidad siempre se hacían demasiado cortas, pero las de aquel año se me hicieron eternas por un presentimiento que tenía y una inquietud que no me podía sacar de la cabeza. El Tió (tradición catalana), pese yo ya era mayorcito, me cagó chocolate y un poco de carbón, mis tíos me preguntaban que me pasaba, que por qué tenía esa pose entre preocupado y enfadado, la misma pose que debía hacer sufriendo con la final de París justo antes de que un brasileño con mirada triste y de apellido italiano me hiciera estallar como aquel niño de 11 años que era ese día. Pero no me atreví a contestarles, yo sabía porque estaba extraño, pero hasta pasado Reyes no cambiaría. Los días fueron pasando, en casa por suerte Papá Noel nunca lo dejaron entrar, quizá porque tanto de rojo y blanco les hacía recordar aquella final de Copa de 1984 contra el Bilbao con Migueli y Maradona repartiendo no precisamente juego mientras mi padre se hacía eterno seguidor de la Real Sociedad.

Lo mejor de las vacaciones era jugar en la calle con los pocos amigos que no habían ido al pueblo entonces, partidillos eternos entre frío y demasiado ropa que ibas sacando, las chaquetas y las bufandas que las madres nos obligaban a llevar acababan haciendo de postes de portería improvisados, pero eso sí, los guantes nunca me los sacaba, remangarse y jugar con guantes era lo que hacían los futbolistas en la tele y yo me imaginaba Laudrup haciendo la croqueta en la plaza. Ni que decir tiene que el año siguiente haciendo lo mismo y herido para ver mi ídolo danés vestido de blanco me hacía el Guardiola, visto ahora acerté.

 

 

Y llegó San Esteban en casa de mis abuelos, un año más repetí con canelones, ¡y qué canelones los de mi abuela! Aunque acabara con dolor de estómago como si de un gol del Espanyol en el Camp Nou se tratara, debía repetir sí o sí. Tres canelones para empezar, como los tres goles de Romario el día de su debut, “hattrick” con bechamel espesa y blanca como un arbitraje en el Bernabeu. El segundo plato era un asado de aquellos de horas y horas en el fuego, ese año tocó capó, una bestia inmensa como los muslos de Ronald Koeman con las ciruelas que le daban un toque dulce que en un principio me hicieron templar pero todo terminó como la final de Atenas de unos meses después. Llantos, aseo, tres días de malestar y mi madre en plan Cruyff hablando con Zubizarreta volviendo de la comida porque todavía no había empezado a hacer los deberes y la amenaza de no dejarme salir a jugar empezaba a ser seria, pero no le podía explicó que no me podía concentrar en modo alguno, que los problemas con trenes que salen de diferentes lugares para encontrarse no me interesaban y que el libro de ciencias naturales me daba más pereza que el profesor que teníamos de tutor, un hombre gordo, sucio y malhablado que solamente podía ser del Atlético de Madrid. Poco o mucho fui haciendo los deberes pero quienes hicimos EGB sabemos que los años 90 eran duros como un partido de Recopa en Tirana.

Mi padre era un hombre frío, serio y nuñista, por suerte me parezco más a mi madre, ella siempre fue más de Johan, Johan era mi perro al que ella puso el nombre para que la primera noche que pasó en casa destrozó un Mundo Deportivo con el presidente en la portada, pocas veces he sentido tanto amor por un ser vivo como por aquel perro, no puedo decir lo mismo de Guillermo Amor, nunca me han gustado los hombres tan bien peinados con pinta de notario de pueblo, quizá por eso siempre quería llevar chollas al estilo Stoitchkov aunque el nuñista de mi padre me decía Futre, porque sabía que no lo soportaba. Os cuento esto porque justo antes de fin de año mi padre me obligó a pasar por el barbero y eso fue traumático para mí, sobre todo porque el barbero era del Espanyol y siempre he pensado que hacía “destrozos” conmigo porque le decía Korneiev despectivamente, aunque me regalaba caramelos cuando me iba. Murió hace poco y la familia tiró sus cenizas a escondidas en el lugar donde estaba el mítico estadio de Sarrià.

Mi mala cara y aquella inquietud no se fueron con las campanadas y las uvas a pesar de que comenzó el año en casa era muy entrañable, con los padres contentos, los tíos rojos con los ojos vidriosos, el abuelo llorando nostálgicamente, las peleas inocentes para decidir si vemos la Puerta del Sol o la Mari Pau Huguet, los barquillos de chocolate remojadas, el confeti que me hacía compañía en el sofá llevarán meses y sobre todo mi abuela que cada año nos contaba la misma historia más o menos exagerada dependiendo de la cantidad de cava que hubiera ingerido. Se ve que de jovencita se colaba en Les Corts para ver a Ramallets. Los porteros siempre tienen algo especial, menos Busquets seguramente.

 

 

Llegó la Noche de Reyes y ese año como cada año me costó mucho dormir, pero no era por lo de siempre, con once años ya sabía cuál era el secreto de todo pero la desazón no se iba y no era por si me habían llevado aquel Scalextric (que finalmente nunca me llegó), ni siquiera me preocupaba si la tía pesada me regalaba un jersey y no algo más productiva como un Mecano. Dormí poco, tal vez menos y todo que Julio Salinas en las noches de Castelldefels. Al día siguiente todo el mundo estaba contento, todo eran regalos, un balón oficial pero ni la Game Boy con la que tanto pesado me había hecho semanas atrás me animaban. Nadie entendía que me pasaba, apenas reía, mis padres estaban preocupados, tanto que incluso decían de llevarme al médico antes de volver al colegio. Me recuerdo mirando al horizonte pensativo en lo que me tenía así y que no me atrevía a explicar, era el Día de Reyes y se supone que todo era felicidad y empacho de roscón pero yo solamente podía pensar en algo mucho más importante.

Y llegó el sábado 8 de enero de 1994, las vacaciones de Navidad más largas de mi vida acababan pero llegaba el gran día. Aquel presentimiento que tanto me inquietaba cada vez era más fuerte pero el nudo en el estómago empezaba a marchar. Me pasé el día jugando al Mario Bros con una obsesión enfermiza, de hecho no toqué ningún más de los regalos de reyes y solamente aquellas partidas me hacían aliviar todo aquello, por unos instantes no pensaba en el presentimiento, pero después lo volvía a recordar. No comí y mis padres preocupados me querían llevar a urgencias, pero yo como si de un extraño ritual de una tribu ancestral se tratara me vestí con mi camiseta de Meyba que me iba pequeña y puse la tele. Mis padres me miraban con cara de miedo y sorpresa, su niño no respondía a nada y se dirigía al sofá como un zombie.

En la pantalla Bakero tocaba el primer balón y empezaba el partido y mi nudo en el estómago desaparecía por completo. Mi padre se sentó a mi lado mientras mi madre acariciaba a Johan. Luis Enrique hacía la primera jugada peligrosa para el Madrid pero yo estaba extrañamente tranquilo. Mientras avanzaban los minutos aterricé en la realidad pero aquel presentimiento y aquella inquietud continuaban. Hasta que llegó ese momento. El balón llegó a Guardiola que la ponía como solamente él sabía, justo al pie del que más sabe, una pelota como la que me habían regalado, y entonces Romario me descubrió la Cola de Vaca mientras a mi padre se le ponía cara de Rafa Alkorta en ver cómo saltaba del sofá gritando como un valiente y rabioso para quitar toda la tensión acumulada. Nunca como aquel día he sentido una paz y tranquilidad igual. Finalmente mi presentimiento se cumplió, Ivan Iglesias lo hizo realidad, 5 a 0 al Real Madrid y la tranquilidad de volver a colegio sacando pecho y mirando a la cara altivamente a los madridistas de la clase. Pero al terminar el partido la euforia dio paso a otro desazón, acompañado de una tristeza infantil porqué como cada año no tendría suficiente tiempo para jugar con todos los regalos de Reyes.

 


Marc Trilla Güell